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Miércoles, 14 de febrero de 2018

Marcelinos y orfandad

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Mi artículo de hoy se iba a referir a el escándalo de una ONG que con el dinero de la buena voluntad de todos hacía orgías con prostitutas, pero cuando ya estaba sentada delante del ordenador apareció la noticia de la muerte de una persona a la que no conocí directamente pero sí mucho por referencia y a la que siempre tuve por una mujer militante y comprometida, escondida tal vez por la enorme sombra de su compañero pero no por eso menos reconocida.

Supe de ella y de su compromiso y valentía a través de Marcelino Camacho a quien entrevisté muchas veces, pero una de ellas se trataba de trazar un perfil humano, en clave cercana y personal para la revista Tribuna y el relato de como era Josefina Semper, a través de su compañero de viaje, me impactó. He intentado hoy sin éxito buscar el texto de aquel reportaje, pero recuerdo muy bien que el hilo conductor fueron los jerseys que siempre llevaba el líder de CCOO y que se convirtieron en todo un fetiche de la transición.

 

A través de su forma de vestir, de los famosos "marcelinos" -que hicieron "furor" en el sindicato como símbolo de la persecución y el encarcelamiento de los sindicalistas en la época franquista- me enteré de la vida y la personalidad de la mujer con la que se casó en diciembre de 1948 y a la que había conocido en el PCE. "Su matrimonio trazó un vínculo que ya forma parte indisoluble de la historia del movimiento obrero en la España contemporánea. Los dos ejemplificaban la simbiosis de una trayectoria entregada a la rectitud personal, la bonhomía machadiana y la coherencia ideológica. Tuvieron dos hijos, Yenia y Marcel. Y ambos sostuvieron una ligazón que se mantuvo impertérrita hasta la muerte de Marcelino Camacho, en 2010.

 

Para el pretérito en sepia de este país, sazonado por la funesta noche del franquismo, queda ya la imagen de Josefina tejiendo los famosos jerseys -los famosos marcelinos- que portaba aquel empleado de la Perkins Hispania que fue encarcelado varias veces y que padeció el exilio durante 13 años". Se podía leer en el obituario que le dedicaba El Mundo, donde se recordaba un detalle que a mí me dijo Marcelino Camacho cuando le pregunté por los famosos jerseys de punto: "Las galerías en la cárcel eran muy frías y por eso le hacía esos jerseys", había comentado Josefina, lo mismo que él me dijo añadiendo que "estaban tejidos de una manera perfecta que solo ella era capaz de confeccionar porque tenía unas manos y una inteligencia primorosas".

 

Ella como él militó en el Partido Comunista, luchó en la clandestinidad y nunca abandonó el sindicalismo como una forma de vida honesta y tan ejemplar como ejemplarizante. Precisamente esas figuras grandes como Josefina y Marcelino, que no han renunciado nunca a sus principios y no se han dejado arrastrar por los cantos de sirena que rodean al poder, son las que todavía nos hacen conservar una mínima esperanza de que hay otra forma de servir a los intereses de todos sin ensuciarse las manos y emponzoñar a los ciudadanos honestos.

 

Hoy, como digo, pensaba escribir sobre esa noticia publicada en el The Times según la cual algunos trabajadores de Oxfam en Haití, incluido su director, habían contratado a prostitutas, algunas probablemente menores, con fondos de la organización en los días posteriores al terremoto. Hemos sabido que entre ellos se referían al edificio de esa ONG en Puerto Príncipe, pagado con fondos procedentes de donaciones, como "la casa de putas" y allí organizaban grandes fiestas que definían como de "Calígula" con niñas a las que ponían las

camisetas blancas de la organización.

 

Estos cooperantes o mejor dicho, degenerados sin escrúpulos, hablaban sobre estas fiestas como "barbacoas de carne joven". Según dicen, el escándalo de Oxfarm es solo la punta del iceberg porque hay un grave problema de abusos sexuales en el sector de la cooperación. ¡En fin! Es todo tan repugnante, que ya no solo se trata de que dimitan los responsables o que los culpables paguen judicialmente por sus acciones, se trata de que al final te vas quedando sin referentes a los que agarrarte y la desconfianza hacia todo es brutal. Hacen falta muchos como Marcelino y Josefina cuyo recuerdo nos haga recuperar algo de esperanza aunque yo soy pesimista. Siempre se van los mejores y la sensación de orfandad nos ahoga.

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