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Sábado, 10 de febrero de 2018

Las pesetas ya no son moneda corriente

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Recordaba Tony Leblanc en una entrevista hace algunos años la impronta castiza del piropo. En el Madrid de los chotis y de los organillos, era común que los hombres piropearan a las mujeres por la calle y les dijeran cosas con ingenio y salero como “Vales más pesetas que merengues se necesitan para romper una campana”.

Si vamos al diccionario de doña María Moliner, leemos que “piropo” es, primero, “una variedad de granate de color carmín, muy apreciada como piedra preciosa”; en segundo lugar, es halago, lisonja, o alabanza que alguien dirige de viva voz a una persona; y, en especial, “cumplido o requiebro dirigido a una mujer”.

 

Joan Corominas nos aclara que “piropo” (del griego pyrós, ‘fuego’, semejante al fuego, y del latín “pyrōpus”, aleación de cobre y oro, de color rojo brillante) era en castellano, hacia 1440, “cierta piedra preciosa”, y ya alrededor de 1843, “requiebro”, aunque con esta acepción pudo ser utilizada en época de Cervantes, “por emplearse con frecuencia en tratados y poesías retóricas como símbolo de lo brillante, y luego se empleó como comparación lisonjera para una mujer bonita”. Que existen las mujeres físicamente atractivas es un hecho que parece molestar a algunas feministas, y que no les importa mostrar con orgullo su cuerpo, una realidad que siempre se ha dado. Como también existen las personas buenas y nobles de corazón, y esto es lo más lindo.


Ya no se dicen piropos desde un andamio, o al dejar las botellas de leche en un portal, o al barrer las aceras, o al vender una revista de patrones. En parte porque la tradición se ha perdido, puesto que hoy la gente es más seria, va más a lo suyo, y le sale menos la gracia y la necesidad de pensar en galanuras. Pero también, en parte, porque está “mal visto” al socaire de ciertos colectivos que se declaran abiertos, progresistas, pero que recurren, en el fondo y en la forma, a una moral victoriana, que dicta lo que todos debemos hacer, creer, restringir u omitir.


Estos días ha causado serio revuelo un manifiesto publicado en Francia por un colectivo de mujeres intelectuales y famosas contra el movimiento #Metoo, iniciado en Estados Unidos para alentar las denuncias contra hombres acosadores. Entre esas firmantes de la carta de defensa del varón y de su masculinidad (no de su emasculación) se encuentran la escritora Catherine Millet, la cineasta Brigitte Sy, y sobre todo, la veterana actriz Catherine Deneuve. Destacan los siguientes párrafos, que transcribimos literalmente: “Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio hacia los hombres y la sexualidad. Creemos que la libertad de decir no a una propuesta sexual no existe sin la libertad de importunar. Y consideramos que debemos saber cómo responder a esta libertad para importunar de otra manera que encerrándonos en el papel de la presa.” “[…] Sobre todo, somos conscientes de que la persona humana no es monolítica: una mujer puede, en el mismo día, dirigir un equipo profesional y disfrutar siendo el objeto sexual de un hombre, sin ser una puta ni una vil cómplice del patriarcado.” Es decir, se defiende el derecho y el impulso de los hombres a coquetear con una mujer, y el paritario derecho de ella de decir sí o no. Sin traumas, sin violencia ni exasperación.

 

La “libertad de importunar” debe seguir existiendo, como tal libertad. Luego está en la mujer responder de una manera más condescendiente o más severa al individuo que lanza el requiebro. En el antiguo Madrid, la mujer contestaba con la misma soltura y picardía al varón, no necesariamente accediendo a su invitación al gozo. La mujer canalizaba el piropo, lo agradecía más o menos, y respondía como en un juego comunicativo tácito. ¡Cuántas zarzuelas nos ofrecen imágenes de la picardía madrileña! En La verbena de la Paloma, el personaje de Sebastián comenta acerca de las apreciaciones de su mujer: “(Bromeando) ¡Anda, morena! ¿Conque tú sabes cómo las gasta el hojalatero? ¡Anda salero! Mi mujer sabe cómo las gasta el hoja… latero ¿Y de cuándo acá sabes tú cómo las gasta el hojalatero?” Y la Tía Antonia, con rotunda seguridad, espeta: “Esta noche la paso / de broma y jarana, / porque, requiero, requiero y requiero, / y me da la gana.” O sea, la señora, buena guerrera, se va de conquista a la verbena. En La Revoltosa, Felipe se declara así a Mari-Pepa: “La de los claveles dobles, / la del manojo de rosas, / la de la falda de céfiro / y el pañuelo de crespón; / la que iría a la verbena / cogidita de mi brazo... / ¡eres tú!... ¡Porque te quiero, / chula de mi corazón!...”


Cuán lejos queda, igualmente, el Arte de amar de Ovidio (43 a. C. – 17 d.C.): “La joven idónea para ti has de buscarla con tus propios ojos […] Siéntate [en el circo] al lado de tu dueña, si nadie te lo impide; acerca tu costado al suyo todo lo que puedas, sin miedo, puesto que, aunque tú no quieras, la estrechez de los asientos obliga a juntarse y por imposición del lugar has de rozar a la joven. Entonces busca la ocasión para empezar una charla amistosa y sean palabras triviales las que den comienzo a la conversación. […] Si algo de polvo cayera por casualidad en el regazo de la joven, sacúdeselo con los dedos, y aunque no haya polvo ninguno, sacúdeselo de todas formas, como si lo hubiera: cualquier cosa te puede servir para mostrar tu amabilidad.”


Derecho a importunar –el hombre a la mujer, y la mujer al hombre--, sí, ¿por qué no? Derecho a decir no, y obligación de desistir, desde luego. Hay que distinguir el lance aislado del acoso molesto e inoportuno. Un no es un no, en el ejercicio de la libertad y de la dignidad de las personas. Que la mujer engatuse al hombre, que le llegue a gustar a este hasta rabiar, por supuesto; o viceversa. Que la mujer se convierta en “objeto sexual de un hombre” –como señala el manifiesto contra #MeToo—nos parece un triste yerro, porque ahí entra la cosificación de la mujer quien, como ser humano, se merece todo el respeto y la delicadeza del mundo. Nadie puede ser considerado un objeto, un juguete. La abuela, que tan abnegadamente cuida y alecciona a sus nietos y nietas, es mujer; la madre, que sacrificadamente construye el hogar y atiende a su trabajo, es mujer. ¿No se merecen la mayor de nuestras veneraciones, por amar y sacar a su familia adelante, y simplemente, por ser personas?
 

Es así que tanto la masculinidad, como la femineidad, deben seguir su cauce. Sin menoscabo el uno del otro. No se debe “demonizar” a los hombres como en el pasado, en tiempos medievales, se demonizaba a las mujeres, convirtiéndolas en brujas o en amigas del Demonio. Según el DRAE, “demonizar” es “atribuir a alguien o algo cualidades o intenciones en extremo perversas o diabólicas”. La misoginia de los celosos inquisidores Sprenger y Kraemer, autores del Malleus maleficarum (Martillo de las brujas, 1486), llevó a considerar a la mujer como fémina, bajo el prisma interpretativo de “ser de poca fe” (de “fe” y “minus”).  Estos dos frailes predicadores obsesos veían a la mujer como un ser débil, accesible en concupiscencia y voluntad, y por ello la discípula favorita de las fuerzas del Mal. La mujer podía rendir al hombre a lo malo, como Eva atrajo a Adán al fruto prohibido. Autores como el Arcipreste de Talavera reiteraron hasta la saciedad esta idea del lado oscuro o perverso de la mujer. Pero, curiosamente, entre los poderes atribuidos al Maligno por los puntillosos Sprenger y Kraemer estaba el de la castración psíquica.  Es decir, el Demonio, si lo desea, puede anular el apetito sexual, la fuerza del miembro del varón (v. capítulo IX, 1ª Parte). Lo que se pretende hoy es un poco parecido: se da una voluntad castradora en ciertas mujeres, cuyos modos y voz quieren alzar por encima de cualquier hombre, desposeyéndolo, a la par, de su integridad viril. Creemos que sentirse deseado, o deseada, no es una circunstancia antinatural, ni, por supuesto, delictiva.

 

Se han tornado los papeles, y ahora existen las “inquisidoras” que atizan con empeño comportamientos supuestamente impropios. Se denuncia machismo por doquier. Ahora cualquier actitud del hombre hacia la mujer puede ser tildada de machista. El galanteo está vigilado. Incluso puede que penado y sujeto a denuncia y delito. No se aceptan los roles tradicionales, a los que se acusa de haber creado la desigualdad social de las mujeres y la prepotencia del hombre, quien se cree que es justo y natural sentirse “superior”. Históricamente, demasiado de verdad hay en ello. Las mujeres son iguales en libertad, deberes y derechos a los hombres, y esto es lo que hay que aclarar, respetar y hacer cumplir. Pero el galanteo hombre / mujer y mujer / hombre o de personas de igual sexo, no tiene por qué entrar en conflicto con ese principio fundamental.


¿Qué sucede si el seducido es el hombre y la seductora la mujer? ¿Cómo se contempla este caso? ¿Se censura de igual manera a la mujer si ésta comete acoso? En la Ley de Violencia de Género el acosador únicamente es el hombre, y la mujer la víctima. Tampoco se admite el acoso, como violencia, entre mujeres que tengan o hayan mantenido una relación afectiva.


Los límites de una seducción los pone cada uno. Y para el galanteo, como para cualquier otra cuestión, existe el derecho de negativa. No es óptima, ni recomendable, la posición de quienes nunca aceptan una negativa como contestación. Catherine Deneuve es una de esas personas que difícilmente aceptan un no. Ella misma lo reconoció en 2004, en una entrevista de Pascal Bonitzer: “—Sí, debo decir que a menudo soy terca y obstinada, y no acepto un no por respuesta.” Y a propósito de la actuación, añadió la intérprete: “—Me han ofrecido cantidad de papeles del mismo estilo, [de mujer] ocupada, no especialmente atractiva, que frecuentemente actúa con bastante dureza, y que trabaja como un hombre, algo que no es muy común incluso hoy. El problema es que cuando creas papeles masculinos para mujeres, éstas resultan, sin excepción, ejecutivas.” La misma Deneuve reconoce, entonces, que existen los estereotipos en el diseño de personajes femeninos. 


Las diferencias sociales entre los hombres y las mujeres deben erradicarse con la participación de todos, y no permitir que se ahonde en ellas. Jurídicamente también debe existir igualdad entre ambos sexos, y no una “discriminación positiva” en favor de uno u otro. Que no recuerden los procesos penales de cualquier índole a lo recogido en la tercera parte del Malleus, que citamos siguiendo a Caro Baroja (Las brujas y su mundo): “Para iniciar una causa basta la acusación de un particular o la denuncia, sin pruebas, hecha por persona celosa. Lo más corriente es, sin embargo, que el juez la abra ante el rumor público. En determinados casos puede bastar el testimonio de un niño; también el de ciertos enemigos de la persona acusada. El juicio debe ser sencillo, rápido y definitivo.”


Tiempos adversos para el galanteo. Las pesetas ya no van a romper ninguna campana. Entre otros motivos, porque han dejado de ser moneda corriente.

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