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Sábado, 3 de febrero de 2018

Y... fuimos felices

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Hace unos días me quise tomar un respiro del día a día de la convulsa situación política nacional y para relajarme de Puigdemont y Cía me fui al cine a ver 'Los Papeles del Pentágono'.

Había leído algunas críticas en las que se decía que el genial Steven Spielberg utilizaba la corrupción, la falsedad y el secreto como excusa para explicarnos la transformación de la prensa como un agente más de la
política y me interesé por el asunto.

 

La película gira en torno a unos hechos reales y se sitúa en junio de 1971 cuando los principales periódicos de Estados Unidos, entre los que se encontraban The New York Times y The Washington Post, tomaron una decidida posición en favor de la libertad de expresión, informando sobre los documentos del Pentágono y el encubrimiento masivo de secretos por parte del gobierno, que había durado cuatro décadas y cuatro presidencias estadounidenses.

 

En ese momento, Katherine Graham, primera mujer editora del Post, y el director Ben Bradlee intentaba relanzar un periódico en decadencia. Juntos decidieron tomar la audaz decisión de apoyar al The New York Times y luchar contra el intento de la Administración Nixon de restringir la primera enmienda, se podía leer en la sinopsis del
estreno por lo que para mí la trama tenía más que morbo. Sin entrar en la critica cinematográfica, cosa que no me corresponde en absoluto, salí del cine con un nudo en la garganta. Una presión en el estomago y con una mezcla de sentimientos de nostalgia, esperanza, euforia y tristeza a la vez.

 

Un sabor agridulce de quién se siente un espectador más pero que ha vivido y vive mucho de lo que allí se estaba mostrando y sabe que esos días de vino y rosas del periodismo de papel, de los talleres humeantes con el olor maravilloso de la tinta recién impresa de la linotipias excitadas a toda máquina, de las portadas a cinco columnas y negrita que hacían caer gobiernos* son cosas de otros tiempos.

 

Pertenezco a una generación de periodistas que tenemos tinta en las venas, que hemos vivido nuestra profesión casi casi como un sacerdocio, con una entrega llena de renuncias personales y familiares que solo se puede soportar cuando te apasiona lo que estás haciendo.

 

Somos una generación de periodistas de acción, a quienes casos como el Watergate nos iluminó durante años como el objetivo a lograr ejerciendo el contrapoder contra los poderosos fueran quienes fueran. A todos nos hubiera gustado estar en los zapatos de Bernstein y Woodward los periodistas que llevaron hasta el final, en mitad de presiones indescriptible, el caso que culminó en la dimisión el desprestigio del presidente Nixon y, cada uno en nuestra medida queríamos llegar a obtener un premio Pulitzer y escribir todos los hombres del presidente.
 

Sin animo de caer en la nostalgia y sin hacer comparaciones porque no creo, ni mucho menos, que cualquier tiempo pasado sea mejor, el nudo en el estómago que me produjo la película de Spielberg tiene que ver con las cesiones que hemos ido haciendo frente a los nuevos poderes y las nuevas formas de comunicación.

 

Es muy difícil hacer periodismo de investigación a base de tweets y menos aún explicarlo en 130 caracteres. Es muy complicado conseguir un auténtico bombazo un scoop periodístico en lo que dura un canutazo
de televisión y lo peor es que las empresas de comunicación apenas apuestan por ello porque ese periodismo es caro, requiere tiempo y no se hace con mileuristas, pero sobre todo es muy difícil hacer periodismo de alto voltaje si no hay empresarios dispuestos a jugarse el tipo para que se sepa la verdad por dura que sea y además sean inmunes a las presiones.

 

Buscando documentación sobre los 'Papeles del Pentágono' me he encontrado un artículo de opinión de mi colega Lucia Méndez, con la que he compartido muchas horas de periodismo del bueno en 'El Mundo'. Hay tentaciones en las que no se puede dejar de caer. Tentaciones entrañables, cálidas y encantadoras que hay que degustar como se merecen. Steven Spielberg nos ha puesto a los desasosegados y molidos periodistas un delicioso bombón al alcance de la lengua con sabor y olor de paraíso perdido.
 

Cómo resistirse a escribir de este trozo de esplendor en la hierba y de gloria en las flores. Los archivos del Pentágono es como una flor en un estercolero. Una película que da muchas ganas de llorar. No con lágrimas de dolor, ni de rabia, ni de susto -aunque puede que también- sino con lágrimas limpias, llenas de tristeza y de melancolía por un mundo que se nos ha ido, como la juventud, como las linotipias, como Ben Bradlee.
 

Los archivos del Pentágono es el Parque Jurásico del periodismo de papel. El documento de la extinción de una especie con toda su grandeza y presunta trascendencia social. Pero también con la ilusión infantil clavada en el estómago que no dejaba dormir ni comer a las redacciones cuando se topaban con una noticia bomba y en exclusiva. ¡Ay, las exclusivas! Amén querida compañera pero, al menos, como bien dices Spielberg nos ha dado la oportunidad de volver al lugar donde fuimos felices.

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