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Miércoles, 10 de enero de 2018

Mas, el gran culpable del desastre

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Artur Mas ha anunciado su renuncia a seguir presidiendo el PDeCAT, el partido con el que Convergència quiso esconder su desastre político y de corrupción. Lo ha decidido él, pero de forma obligada: era un estorbo.

Su marcha llega demasiado tarde, incluso ni se tenía que haber producido. Es decir, el destino político de Mas estaba decidido la noche del 25 de noviembre de 2012, una vez escrutados los resultados de las elecciones autonómicas que adelantó dos años con el objetivo de que CiU dispusiera de la mayoría absoluta en la cámara y acabó perdiendo 12 diputados. Desde entonces es un lastre, sobre todo para los catalanes. No sólo no reconoció su fracaso, sino que persistió en la estrategia –ahora se ha demostrado que suicida– y redobló su apuesta por la independencia, poniéndose al frente de las manifestaciones que ya reclamaban un nuevo Estado, anticipo de lo que luego ha venido. Por lo tanto, la dimisión de ahora llega tarde y no es más que la confirmación del desastre al que ha llevado a su partido y al conjunto de la sociedad catalana.

 

Mas es el máximo responsable de la deriva independentista, de la vía unilateral que ha llevado a la Generalitat a situarse en la ilegalidad y a que más de 3.000 empresas dejasen Cataluña. Ese es su legado. El caso de Mas es canónico para entender cómo se entretejen los intereses políticos de un partido con los de ese «sol poble» parapeto de todo los negocios inconfesables, del que se ha erigido en único portavoz. Mientras el entonces presidente de la Generalitat anunciaba el desafío de hacer un referéndum ilegal el 9 de noviembre de 2014 –engañando con absoluta deslealtad al Estado–, las investigaciones del fiscal anticorrupción habían valorado en 6,6 millones de euros las comisiones ilegales cobradas por Convergència en el «caso Palau». Poco después, el juez ordenó el embargo de 15 sedes.

 

Por lo que pudimos ver ayer en su comparecencia, su fracaso ha sido ya tan asumido, está tan amortizado y tan en la pérdida del sentido de la realidad de los independentistas, que no tiene ningún valor político. Mas se ha convertido en un personaje tan quemado, que los dirigentes de su nuevo partido son capaces de sacrificarlo dos veces. El propio ex presidente recordó que hace exactamente dos años, el 9 de enero de 2016, anunció su marcha de la presidencia de la Generalitat –se ahorró decir que fue una humillación exigida por los 10 diputados de la CUP– y que nombró a su sucesor –que también fue impuesto-, Carles Puigdemont, quien ha llevado hasta las últimas consecuencias la hoja de ruta que ha acabado con la Generalitat intervenida. El propio Mas ha aceptado que con este último ya son «dos pasos al lado» los que ha dado. Sobre este último planea la próxima y extraña investidura telemática de Puigdemont desde Bruselas, pero previa a ésta, la sentencia, el próximo día 15, sobre el «caso Palau», lo que cerrará definitivamente el ocaso del partido fundado por Jordi Pujol.

 

El otro aspecto es que Mas está inhabilitado, según la sentencia por su participación en la organización de referéndum del 9-N, que fue prohibido por el TC, además de que ha puesto como garantía de la fianza impuesta por el Tribunal de Cuentas varios inmuebles de su propiedad. Puede que Mas sea el único rostro todavía reconocible de una Convergència que amasó un poder inmenso en Cataluña y que ahora lo ve cada vez más reducido y con la perspectiva de perder su influencia para siempre. Podemos elucubrar sobre si Puigdemont está fuera de control del PDeCAT –aunque los convergentes le sigan votando–, pero lo único cierto es que él y Mas son una anomalía y un verdadero riesgo para la convivencia en Cataluña.

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