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Viernes, 5 de enero de 2018

El gran Rey de la Transición

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Pasará a la historia de España la ceremonia en la que el Rey rubricó su abdicación. Tuvo lugar el 18 de junio de 2014, pasadas las seis de la tarde, en el Palacio Real.

Se ponía de esta manera fin a una reinado de 39 años que dio sus pasos en una España convulsa y sin libertad y legó un país plenamente democrático y moderno.

 

Es de justicia rendir homenaje a Don Juan Carlos I en su 80 aniversario, por lo que ha significado para nuestra historia política, por su lección de concordia y tolerancia y por su papel clave en la restauración democrática. Su mandato se puede resumir de una manera clara y sencilla: o el Rey lo era de todos o no tendría futuro. El monarca supo interpretar el sentir de la sociedad española de aquel ya lejano 1975 y manejar con coraje y también con prudencia un tiempo que se debatía entre los viejo que todavía no había caído y lo nuevo que estaba por nacer. No fue fácil, pero Don Juan Carlos supo unir el esfuerzo de todos.

 

Por un lado, tenía que deshacerse del peor de los estigmas: ser un Rey designado por Franco, según indicaban las «previsiones sucesorias». Este hecho marcó a la Corona, pero fue el propio Don Juan Carlos quien recondujo a la Monarquía a su único sentido histórico, dando los pasos adecuados en cada momento, desembarazándose ley a ley con el pasado y entroncando con la herencia de su padre, Don Juan de Borbón, que tan generosamente renunció a su derecho sucesorio, el 14 de mayo de 1977, a favor de su hijo.

 

El 31 de octubre de 1978 una sesión conjunta del Congreso y del Senado aprobó la Constitución, que fue ratificada el 6 de diciembre por el pueblo español y sancionada por el Rey ante las Cortes el 27 del mismo mes. Esos son los hechos.

 

La Carta Magna recoge en su artículo 1.3 que «la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria» y que el Rey «ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes» (art. 56 CE). El intento de golpe de Estado del 21 de febrero de 1981 y la intervención decisiva de Don Juan Carlos desmontando el engranaje de unos militares sediciosos, dando plenamente sentido a la misión del Jefe de Estado, que unía el futuro de la Monarquía a la nación española y al de la libertad de los españoles.

 

Errores puntuales y otros que afectaban a miembros de la Familia Real aconsejaron su abdicación, consciente de que la Corona debía ser un ejemplo y asumir la máxima responsabilidad si en algo ponía en riesgo la estabilidad del país y de la propia institución. Don Juan Carlos pidió disculpas –un gesto noble e inusual en política– y, el 2 de junio de 2014 anunció que dejaba la jefatura del Estado. Pero no olvidemos que la ejemplaridad del Rey no es moralizante, sino cívica: su misión no es cómo debemos comportarnos, sino cuál es la responsabilidad de cada cual en la cosa pública. Que el Congreso respaldara por una gran mayoría (84% y el 90% del Senado) la decisión del Rey y, en consecuencia, la del relevo en el nombre de su hijo y actual Rey, Felipe VI, supuso un claro apoyo a su mandato.

 

Es necesario, por justicia histórica y en aras del fortalecimiento de la Corona, reconocer la labor y la herencia dejado por Don Juan Carlos y no caer en los que buscan una nueva lectura tendenciosa de la Transición democrática como un apaño desde el poder que no supuso ningún avance real para la sociedad española. Cuando el Congreso conmemoró el pasado mes de junio el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas con la ausencia del Rey que hizo posible ese momento, se cometió un error que de nuevo nos situaba en esa manera sectaria de contar la historia de España. Felipe VI tiene el compromiso de continuar el trabajo de Don Juan Carlos y actualizar la Corona. Ahora es el momento de resarcirnos de un olvido injustificado y de agradecer el trabajo de un buen Rey. 

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