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Jueves, 4 de enero de 2018

Afiliación precaria

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El último mes del pasado año ha vuelto a deparar aumentos significativos en la afiliación a la Seguridad Social, amparados fundamentalmente en el buen comportamiento del comercio minorista. Pero no han sido tan buenos como los de diciembre del año pasado. Esa debilidad relativa del crecimiento de los ocupados es la nota más inquietante, aunque no la única, de los datos ayer conocidos, que contribuyen a que 2017 sea el mejor en el mercado laboral desde el inicio de la crisis.

Se cierra un buen año, con más de 611.000 afiliados adicionales a la Seguridad Social, el máximo en doce años, y un descenso de casi 290.000 parados registrados en las oficinas de empleo. Han sido ritmos de variación mensuales muy aceptables que aportan resultados finales para el conjunto del año igualmente satisfactorios. El aumento hasta 18,5 millones de afiliados a la Seguridad Social es el más favorable, dada la necesidad de fortalecer la situación financiera que atraviesa esta institución. Estas cifras finales no han llegado, sin embargo, a alcanzar la situación vigente en 2007, antes del inicio de la crisis, como ha ocurrido en la mayoría de las economías europeas.

 

Favorable es también que ese aumento de las afiliaciones a la Seguridad Social haya estado dominado por los pertenecientes al Régimen General, frente a los provenientes del autoempleo. La complacencia ha de ser menor si tenemos en cuenta la relativa debilidad de este mes de diciembre en contraste con lo ocurrido en meses anteriores y, desde luego, con los registros de diciembre de 2016. Tampoco puede decirse lo mismo en relación a la naturaleza de los contratos de empleo suscritos, con una temporalidad elevada que no permite asentar la confianza suficiente en los empleados. En mayor medida cuando se toma en consideración los salarios medios que siguen remunerando los nuevos empleados.

 

Temporalidad excesiva y salarios reducidos constituyen los exponentes de la desigual distribución de resultados del buen comportamiento macroeconómico. Se trata de algo común a muchas economías avanzadas, pero mucho más explícito en la española. Los beneficios empresariales siguen creciendo a un ritmo significativamente superior al de las remuneraciones del factor trabajo. En términos de bienestar, la superación de la crisis apenas se percibe en las capas menos favorecidas de la población, que en el caso de España conforman una mayoría inquietante. Son también las que pueden ver comprometida la cuantía de su pensión si las cuentas de la Seguridad Social no siguen, cuando menos, el ritmo de mejora observado en este año.

 

Y es en este punto, con ritmos de crecimiento de la economía estimados para 2018 significativamente más bajos que los del 2017, donde la preocupación por la calidad del empleo, por la dualidad de los ocupados, se añade a la incapacidad de nuestra economía para asentar un patrón de crecimiento distinto. Para fundamentar su capacidad competitiva en el aumento de la inversión en activos basados en el conocimiento, propiciador de aumentos de la productividad susceptibles de alejar la precariedad laboral como rasgo dominante y la vulnerabilidad al eventual debilitamiento de los vientos de cola que han impulsado en estos años el crecimiento económico.

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