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Miércoles, 3 de enero de 2018

Revuelta en Irán

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Las revueltas que se iniciaron el jueves pasado en la ciudad de Mashad para luego extenderse por todo el país se han convertido en un desafío de primer orden para el régimen iraní. La veintena de muertos y los centenares de detenidos sitúan las protestas en una magnitud no vista desde 2009, cuando la elección fraudulenta de Mahmud Ahmadineyad desencadenó una ola de protestas que fue sofocada sin contemplaciones por el régimen.

Si en aquella ocasión la motivación del descontento fue sobre todo política y fue encabezada por los universitarios en las grandes ciudades, ahora las protestas se han originado en los incontables problemas económicos —el principal, el coste de la vida, pero también la corrupción—, la falta de perspectivas de futuro y la frustración ante unas reformas mil veces prometidas pero luego nunca llevadas a cabo o pospuestas sine die. Todo ello mientras el régimen iraní invierte sustanciosos recursos en sostener a sus aliados en Líbano, Siria, Irak, Bahréin o Yemen, peones de su rivalidad ideológica, estratégica y religiosa con Arabia Saudí.

 

La diferencia entre la respuesta conciliadora del presidente Hasan Rohaní, pidiendo escucha y diálogo, y la amenazante del líder supremo de la revolución, el ayatolá Ali Jamenei, culpando de las revueltas a los enemigos del régimen y evocando los mártires de la guerra con Irak en los años ochenta del pasado siglo, retratan bien la pugna entre modernizadores e inmovilistas que caracteriza a la política iraní y las dificultades de hacer evolucionar la teocracia fundada en 1979 por el ayatolá Jomeini hacia un sistema, aunque autóctono, más cercano a la democracia. Pero sobre todo hacen temer una escalada de la violencia, especialmente si los sectores más duros del régimen, con los guardianes de la revolución a la cabeza, deciden tomar bajo su control la represión para dar una respuesta ejemplarizante al desafío al sistema que implican las protestas.

 

En ese contexto, la respuesta de Donald Trump, azuzando a los manifestantes contra el régimen, es un error mayúsculo que puede resultar contraproducente pues debilita al presidente Rohaní y a los sectores moderados. Además de torpe, es cínica porque es sabido el nulo aprecio de Trump por los derechos humanos y la promoción de la democracia —que ni siquiera fueron mencionados en su discurso de investidura—. Y menos aún por los iraníes, a los que ha incluido en su veto migratorio, cerrando o dificultando sus posibilidades de viajar a EE UU. También es oportunista, porque aprovecha las revueltas para cargar contra un acuerdo nuclear esencial para mantener la paz en la región y lograr que el Irán revolucionario encauce sus demandas regionales por cauces diplomáticos.

 

Hasta ahora, el Estado iraní ha mostrado disponer tanto de la capacidad represiva como de la voluntad de emplearla para imponerse a los disidentes. Los iraníes aspiran, como tantos en la región, a prosperar económicamente en sociedades abiertas políticamente, en paz y libres de corrupción. Y están cansados de una revolución que aspira a legitimarse en una lucha obsesiva contra todo tipo de enemigos, interiores y exteriores en lugar de gobernando para ellos.

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