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Viernes, 29 de diciembre de 2017

Las Navidades más trágicas de los venezolanos

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Grandes almacenes vacíos, farmacias sin medicamentos, bancos sin liquidez, mercados sin apenas carne y con precios que se incrementan por minutos, hasta un 2.000% de inflación, largas colas para llenar el depósito de gasolina, apagones de luz, camiones improvisados para sustituir un transporte público que no está ni se le espera... es el día a día de los venezolanos, que en estas fechas adquiere unos tintes más trágicos que de costumbre por venir acompañado de una total falta de esperanza en que la situación mejore.

Con la oposición dividida y silenciada, los ciudadanos de Venezuela viven resignados y sometidos a las decisiones cada día más arbitrarias de una dictadura que no atiende a los requerimientos de la comunidad internacional. Parece paradójico, pero el país con más reservas de crudo del mundo mantiene empobrecida a la mayor parte de su población.

 

Hasta el combustible parece difícil de encontrar y existe ya, como en casi todos los sectores, un mercado donde se vende de contrabando. En otras ocasiones, la búsqueda de productos básicos es infructuosa, como en el caso del pollo, imprescindible para la elaboración de platos típicos navideños, o el del jamón de cerdo, o pernil, como se conoce allí, uno de los platos principales de las cenas de estos días.

 

Pero antes de reconocer su fracaso y su responsabilidad en la escasez de alimentos, Maduro ha hecho lo que mejor sabe hacer cuando la población (sobre la que ha perdido parte del control) sale a la calle a protestar, como ocurrió ayer en Caracas: culpar a un tercer país de la situación.

 

En este caso ha sido Portugal, al que el dictador ha responsabilizado, ante la estupefacción del Gobierno luso, de boicotear el envío de un cargamento de jamón para la Navidad.

 

Unas declaraciones contradictorias con las que el propio Maduro realizó hace unos días reconociendo que habían llegado ya 400.000 perniles. Pero los venezolanos tienen que soportar, además, un problema de mayor envergadura, producto del alto nivel de delincuencia. Implacable con los opositores políticos, la dictadura es incapaz de detener el elevado número de muertes violentas, 5.035 de las cuáles fueron provocadas por su propia Policía y el Ejército.

 

Durante 2017, según el Observatorio Venezolano de Violencia, el país registró 26.616 víctimas, lo que mantiene a Venezuela como el segundo país más peligroso del mundo, por detrás sólo de El Salvador. Pero hay otro dato que es aún más inquietante. Tanto los asesinos como sus víctimas son jóvenes que en su mayoría tienen entre 12 y 29 años, síntoma de la desmembración social de una nación donde la juventud no encuentra más salida que la delincuencia. Si el presente de Venezuela es trágico, el futuro, tras largos años de dictadura, no es más esperanzador.

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