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Jueves, 28 de diciembre de 2017

Seamos serios

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¿Alguien piensa, visto lo visto, que Mariano Rajoy, en las circunstancias del momento, podía haber hecho algo distinto a la aplicación del artículo 155? Porque, si es así, sería bueno que lo dijese sin ambages, en vez de rasgarse las vestiduras, supuestamente espantado ante el resultado de las elecciones del 21D. Sería buenísimo que nos contase a todos como debería haberse actuado ante la peor de las crisis a la que ha tenido que enfrentarse el Estado en estos años de imperfecta pero incuestionable democracia.

Mariano Rajoy podría, sin duda, haber hecho muchas cosas hace mucho tiempo. Y, también, haber dejado de hacer muchas otras. Pero en las dramáticas circunstancias a las que unos y otros llevaron al Estado español, solo podía reaccionarse con la contundencia requerida. No se estaba, ni se está, para bromas. Y el artículo 155 sí está en la Constitución, precisamente, para protegerla y proteger a España, impidiendo que una Comunidad Autónoma incumpla las obligaciones que esta le impone, atentando gravemente contra el interés general. Y su aplicación no fue una ocurrencia improvisada; fue una necesidad incuestionable, pactada por el Partido Popular, Ciudadanos y el Partido Socialista, como única solución a la declaración unilateral de independencia.

 

Las elecciones del 21D han evidenciado lo que han evidenciado. En el bloque constitucionalista, un desastre sin paliativos para el PP, presagiado por su historia en Cataluña y su mediocre dirección, y no por un 155 que, dicho sea de paso, fue exigido con mayor vehemencia por un exitoso Ciudadanos que apostó por el mensaje claro, contundente y sin devaneos. Y es que, en estas elecciones, los votantes no separatistas han premiado la claridad. De ahí el pobre, triste e ineficaz resultado de un PSC titubeante, y el fiasco de "los comuns", con un Xavier Domènech, y una Colau, nadando y guardando la ropa, y un Iglesias casi desaparecido en combate que, previsiblemente pagará, también a nivel nacional, sus devaneos.

 

Así las cosas, podemos afirmar, sin demasiado riesgo, desgraciadamente, de equivocarnos, que en Cataluña todo va a seguir más o menos igual durante mucho tiempo. Un estado de permanente y crítica división, con consecuencias perversas de índole social y económica. Pero lejos, muy lejos, de que las proclamaciones unilaterales de independencia pasen de ser pura retórica. Ya nadie, ni siquiera los más acérrimos defensores de la unilateralidad, como la CUP, alientan la más mínima esperanza. Y eso se debe, entre otras cosas, fundamentalmente al 155. Seamos serios.

 

Y también a la JUSTICIA, con mayúsculas que, como todos los poderes del Estado y muy especialmente, va a dejar constancia, una vez más, de su independencia y de su insobornable poder, poniendo las cosas en el sitio que les corresponda.

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