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Martes, 26 de diciembre de 2017

Demasiados análisis

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Salvo catástrofes o tragedias, que nadie desea que ocurran, el acontecimiento periodístico más importante de estas fechas es el discurso del Rey. Los discursos del Rey suelen elegir los senderos del sentido común, que a veces avecindan con la obviedad, y nunca han sido motivo de sobresaltos.

Este año, sin embargo, existía cierto morbo debido a la situación en Cataluña, pero el Rey volvió a los trillados caminos de la discreción y la coherencia. En realidad, el discurso del Rey, el gran discurso del Rey, fue el que pronunció el 4 de octubre, de una manera inopinada, cuando ante una situación que se deterioraba con entusiasmo cada día, abandonó el papel decorativo que suelen tener las monarquías parlamentarias, y recordó que era el Jefe del Estado. Ese fue el gran discurso de Felipe VI, de la misma manera que el gran discurso de Juan Carlos I fue el que pronunció la noche del 23 de febrero de 1981, cuando demostró que tener un demócrata como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, es bastante útil en un país donde zascandiles e insensatos, de vez en cuando, juegan con pólvora, sin conocer bien los efectos.

 

Sobre el discurso de Navidad ha habido demasiados análisis, como si nos encontráramos ante el hígado de las ocas y todos hubiéramos hecho un cursillo de arúspices por correspondencia. El Rey no es el oráculo de Delfos, aunque las palabras reales contengan en ocasiones cierta ambigüedad, e intentar descifrar 13 minutos de sensatez como si fuera un mensaje misterioso puede ser entretenido, pero escasamente útil. 

 

Ahora el problema no es el Rey, que desde el 4 de octubre ya sabemos que tiene las ideas claras, sino la reacción de esos cientos de miles de personas que creen que, en lugar de estar a punto de empezar un nuevo año, hemos retrocedido tres meses, y estamos otra vez en octubre de 2017. Pero analizar ese barullo mental pertenece a la psiquiatría, no a la monarquía.
 

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