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Sábado, 23 de diciembre de 2017

El PP ha de hacer autocrítica tras su descalabro

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El Partido Popular no ha reaccionado de un modo unívoco a la brillante victoria de Inés Arrimadas y esa confusión delata un palpable nerviosismo.

En la noche electoral Xavier García Albiol, después de cosechar el mayor fracaso de la historia del PP en Cataluña, enseñó su faceta menos elegante, arremetiendo contra Ciudadanos y culpándolo de la drástica merma de escaños que ha experimentado la lista encabezada por él.

 

Perdía así una ocasión única para hacer autocrítica e incurría en una lógica de competición que en el tablero catalán, donde comparten el mismo adversario independentista, no se comprende entre fuerzas leales a la Constitución. En realidad Albiol se ha conducido como un obediente peón de Mariano Rajoy, quien se volcó en campaña para pelear el voto a su lado y quien es, en última instancia, el responsable de un batacazo electoral sin precedentes. Sin embargo, durante su comparecencia de ayer en Moncloa el presidente del Gobierno evitó igualmente el análisis de los errores propios.

 

Es verdad que admitió el triunfo de Arrimadas, a quien reconoció como interlocutora legítima en lugar de Carles Puigdemont, pero también deslizó alguna pulla a la bisoñez de Ciudadanos frente a la solidez y experiencia del PP. Quizá ese sea precisamente el problema: que a ojos de un número creciente de electores, al PP le sobre veteranía y le falte frescura.Por lo demás, la intervención del presidente sirvió para enviar un mensaje claro a los independentistas llamados a formar un Govern: el imperio de la ley no se negocia. Más que nada porque la Justicia no depende del Ejecutivo salvo en los regímenes totalitarios. En España los jueces hacen su trabajo al margen de la conveniencia política: por eso ayer conocimos la imputación de Artur Mas, Marta Rovira, Anna Gabriel y Marta Pascal.

 

A Rajoy sólo le compete hacer lo que hizo: reclamar el abandono de las decisiones unilaterales para poder restaurar por completo el autogobierno de Cataluña.En un ejercicio de responsabilidad, Rajoy no quiso entrar al debate sobre la influencia electoral que haya ejercido la aplicación del artículo 155. Ese es un debate pertinente entre los analistas, pero un presidente del Gobierno no debe moverse por cálculos partidistas cuando se trata de repeler un golpe de Estado.

 

También restó importancia al cese de su jefe de Gabinete, el catalán Jorge Moragas, quien le había manifestado hace tiempo su interés en la plaza de embajador de España ante la ONU tras aspirar sin éxito a la cartera de Exteriores. Y reiteró su voluntad de agotar la legislatura, algo que no está del todo en su mano.

 

Frente a la inelegancia de Albiol, el presidente de la Xunta de Galicia tuvo ayer palabras de elogio para el "enorme mérito" de Inés Arrimadas, y rechazó que Ciudadanos sea el culpable del descalabro popular. Núñez Feijóo descartó el efecto contagio fuera de Cataluña del trasvase de voto del PP a Ciudadanos, pero también hizo un llamamiento a la reflexión. Y ésta es sin duda la postura más inteligente. Ciudadanos no es solo el principal socio parlamentario del Gobierno, gracias al cual Rajoy logró su investidura y aprobó los Presupuestos, sino que su pujanza es hija precisamente de las carencias que los votantes del centro derecha advierten en el estilo de Gobierno de Rajoy: el llamado marianismo.

 

La formación de Albert Rivera e Inés Arrimadas sale de las elecciones catalanas muy reforzada, y a buen seguro tratará de extrapolar ese efecto al resto de España, lo cual inquieta a los populares. Cabe desear que esta competición que se avecina estimule el autoexamen y eleve el nivel de la política española, y que de esa mejoría se beneficien todos los ciudadanos. Sería patético que, como en los malos jugadores, el buen estado de forma del competidor sacara lo peor de aquel que se siente amenazado, en lugar de su máximo rendimiento.

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