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Jueves, 21 de diciembre de 2017

El verdadero derecho a decidir

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Cataluña celebra hoy unas elecciones autonómicas -las cuartas en los últimos siete años- marcadas por una gravísima agresión a la nación y a la democracia que ha durado dos años. Carles Puigdemont mantuvo su desafío hasta el final, pero en el último momento desechó la posibilidad de adelantar los comicios y avanzó otro paso en la consumación del golpe. Esta delictiva irresponsabilidad, unida al desafío consciente a la ley, movieron al Gobierno -con el apoyo del PSOE y de Ciudadanos- a intervenir la Generalitat.

Las elecciones de hoy se convocan al amparo del artículo 155 y representan una oportunidad única para devolver con plenas garantías la palabra a los catalanes. No sólo a una parte, sino al conjunto de ellos conforme al marco constitucional y estaturio que el Estado ha logrado preservar. Cataluña lleva cinco años secuestrada por el procés. Ahora es cuando los "ciudadanos de Cataluña", parafraseando el discurso de regreso de Tarradellas, conscientes de un llamamiento tan histórico como aquél, pueden ejercer el verdadero derecho a decidir. El que la ley les reconoce a todos los catalanes sin traicionar la solidaridad con el resto de españoles.

 

Estas elecciones son históricas de verdad. Nunca, ni siquiera en los mejores años de los socialistas catalanes, se había acariciado con los dedos el vuelco inédito que supondría la victoria, sea en votos o escaños, de una suma constitucionalista. Los catalanes han comprendido que deben defenderse de la disparatada y suicida estrategia acaudillada por Puigdemont y sus ex socios. Juntos conformaron una mayoría tras las elecciones de 2015, que presentaron como plebiscitarias. Desde entonces no sólo se arrogaron la voluntad general del pueblo catalán, confundiéndola con su respaldo parlamentario, sino que trataron de imponer, de la mano de la CUP, un proyecto rupturista, ilegal y xenófobo que culminó en la aprobación de las leyes de desconexión, el referéndum del 1-O -pese a la suspensión del Constitucional- y la declaración unilateral de independencia.

 

Si el primer motivo para hacer historia es defensivo, el segundo es afirmativo. La esperanza de quienes no se resignan a tener que elegir entre ser catalanes o españoles la alienta el fulgurante ascenso de Cs. Su capacidad de arrastre, amplificada por el previsible aumento de la participación y el tirón de una candidata ilusionante como Inés Arrimadas, demuestra a los viejos partidos que sí era posible poner en cabeza una opción nítidamente constitucional frente al rodillo independentista. Un triunfo de la formación naranja enterraría el procés y liquidaría la falacia de una mayoría social secesionista que no se compadece lo más mínimo con la pluralidad de la sociedad catalana.

 

Es evidente que el cerco judicial a los promotores del golpe independentista confiere a estos comicios un carácter insólito. Sin embargo, cabe recordar que tanto la aplicación del 155 como la acción de la Justicia encarnan la defensa propia del Estado frente a un ataque directo. Que además de ilegal fue inmoral, porque el Govern se sirvió del Estatut para chantajear al resto de españoles, y acabó liquidando su autogobierno a cambio de un Estado de ficción que nadie reconoció. Ni Puigdemont ni Junqueras han renunciado al victimismo. Tampoco a embarrar el campo. Tal como reveló EL MUNDO, los cargos de ERC han instruido a más de 10.000 apoderados en tácticas de presión mafiosa que delatan el carácter puramente retórico de sus alardes de democracia. Esperamos del Estado que garantice la pulcritud del proceso electoral. No hay motivo para pensar lo contrario, pese a los ridículos intentos del independentismo por extender la sombra del pucherazo.

 

Cataluña se la juega hoy, y con ella España entera. No se dirime sólo la completa restauración del orden estatutario, la vuelta de las empresas, el bálsamo de la herida social. De la mano de cada ciudadano de Cataluña pende hoy el derecho a gozar de lo que no ha tenido jamás desde que Pujol asumió el poder: el derecho a no ser discriminado nunca más por su origen. El derecho a decidir su libertad y a conservar su igualdad.

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