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Lunes, 18 de diciembre de 2017

Puigdemont y Junqueras juegan a la ruleta rusa con Cataluña

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La nefasta pasada legislatura catalana se estructuró sobre la candidatura entre la desaparecida CiU –ahora PDeCAT– y ERC, con el nombre Junts pel Sí. El objetivo era construir una mayoría a favor del voto afirmativo en un referéndum de autodeterminación, que acabó siendo el 1-O, aunque la motivación no confesable era ocultar el desastre electoral de Mas. Sea como fuese, se celebró la consulta, que fue un fracaso –aunque lo consideran un éxito por conseguir la deseada fotografía de las fuerzas del orden retirando urnas– y la consiguiente declaración unilateral de independencia.

La situación ahora es demoledora: el líder de ERC, Oriol Junqueras, está en la cárcel –investigado por malversación, sedición y rebelión– y el cabeza de lista de Junts per Catalunya (JxC), la última marca de la vieja Convergència, está huido en Bruselas acusado de idénticos delitos. La campaña de ambos se basa en que son víctimas de la represión de Madrid, pero se trata de la aplicación del estado de Derecho. Pese a que ambos partidos eran históricos adversarios –acérrimos desde que los de Pujol fueron desalojados del poder por el Tripartito-, decidieron poner en marcha la hoja de ruta hacia la independencia. Ninguno de los dos partidos llegó a imaginar tal desastre y la improvisación en la puesta en marcha de la República catalana sólo ha evidenciado que ambos jugaban a demostrar quién era más independentista.

 

Cuando el pasado 26 de octubre Puigdemont quiso plantarse y no seguir jugando a la ruleta rusa, fue obligado por Junqueras a efectuar el último disparo, con las desastrosas consecuencias conocidas. La batalla final, sin embargo, estaba por librarse y no era otra que hacerse con el control de la Generalitat: o Junqueras o el presidente en el «exilio». Esta última denominación de tintes tan heroicos como fantásticos es ahora un verdadero problema para su propio partido: Puigdemont tiene lejos volver a ser presidente, incluso diputado, ya que no basta con tener el acta, sino con hacer valer el voto desde el escaño. Es decir, la diferencia en los resultados entre el bloque constitucionalista y el independentista puede ser tan escasa, que su acta deberá pasar a otro. Además de que sitúa al PDeCAT como un partido cercano a los métodos antisistema de la CUP y alejado de volver a tener las cuotas de poder ahora perdidas.

 

Por su parte, ERC ve cada vez más cerca su asalto a la Generalitat, pero condicionado por los viejos convergentes –tan acuciados por unas sentencias por corrupción– y no por la reedición del Tripartito –ahora con los de Colau y el PSC–, lo que con toda seguridad llevaría al desastre al socialismo catalán y español. En ambos casos, tendrán que gobernar a través de candidatos de sustitución, lo que situaría de nuevo a Cataluña en la anomalía institucional, con la perspectiva de nuevo de cuatro años dedicados al «proceso», incluso de un bloqueo, si se produce un empate técnico con los constitucionalistas, lo que entra dentro de lo previsible. Lo alarmante de la situación es que la ANC, tan necesaria para la movilización en la calle –y tan responsable en los disturbios que llevó a la cárcel a su presidente y al de Òmnium–, ya ha dicho que sólo reconocerá a Puigdemont como presidente, gane o pierda, de ahí que Carme Forcadell subiera la puja independentista retando al Estado a seguir con el camino de la unilateralidad. Es decir, de seguir el juego de la ruleta rusa practicado por Puigdemont y Junqueras para hacerse con el poder de la Generalitat tendrá a buen seguro una víctima no deseada: la sociedad catalana en pleno.

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