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Viernes, 15 de diciembre de 2017

Una inamovible polarización

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A seis días de las autonómicas catalanas, la contienda electoral parece sumergida en una atonía frustrante. Porque nos encamina hacia un 21-D que puede decepcionar a todos aquellos ciudadanos que confiaron en que los comicios podrían revertir la hegemonía independentista.

Ni la patente irracionalidad de la hoja de ruta separatista, ni la estafa de un plan fracasado en sus promesas pero de consecuencias letales para la convivencia y la economía, ni la cárcel justificada por la gravedad de los delitos imputados a los líderes del golpe, ni siquiera la ópera bufa de Puigdemont y sus corifeos en Bélgica. Nada ha roto la foto fija de dos bloques casi simétricos que parecen abocar a Cataluña al bloqueo político. Así lo acredita la encuesta de Sigma Dos que hoy publica EL MUNDO.

 

Ciudadanos registraría una notable subida y pasaría de 25 a 33 diputados. Sería la lista más votada (22,8%), lo que certificaría una extraordinaria y meritoria victoria fruto de la inédita movilización del voto no nacionalista en unas autonómicas en Cataluña. Sin embargo, la sobrerrepresentación electoral del nacionalismo en Lleida y Girona permitiría a ERC obtener una mayor representación que la formación naranja: obtendría 34 escaños y el 22,5% de los sufragios.

 

En todo caso, el frente separatista rondaría la mayoría absoluta, mientras el bloque formado por Ciudadanos, PSC y PP se quedaría en un 44% de los votos. Xavier Domènech, que bascula hacia el soberanismo y se abre a reeditar un tripartito con ERC y los socialistas, está llamado a disponer de la llave de la gobernabilidad. Pero es precisamente la pétrea polarización del mapa político lo que lleva a Miquel Iceta a agrietar el bloque constitucional.

 

El líder del PSC cultiva un perfil transversal que le convierta en remedo de candidato Borgen -famosa serie de ficción política danesa-, capaz de sumar los apoyos suficientes para ser investido president aun siendo la cuarta fuerza. De ahí que, pese a contradecir la línea del PSC en las últimas semanas, ayer volviera a pedir indultos por el 1-O. Con sus arriesgados giros de cadera, Iceta pretende arañar votos en la base del nacionalismo moderado -si es que éste aún existe en Cataluña-, pero traiciona su responsabilidad institucional.

 

En todo caso, si el 21-D no sirve para desmovilizar al electorado nacionalista ni para favorecer el trasvase de votos de éste a las fuerzas constitucionales, la modalidad exprés de 155 escogida por Rajoy dejará un amargo sabor a fracaso. La intervención de la Administración catalana, circunscrita apenas a 55 días y con el único fin de convocar elecciones cuanto antes, ha servido para restablecer la legalidad y preservar el autogobierno catalán. Sin embargo, ni ha frenado el éxodo de empresas -se ha trasladado un millar desde la entrada en vigor del 155- ni se ha desmontado el andamiaje político y mediático volcado en el secesionismo. Ahora todo queda al albur de las urnas.

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