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Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Jerusalén

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Cada vez que camino por las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén no puedo dejar de estremecerme al pensar cuanta sangre ha sido derramada por ella.

Jerusalén es una ciudad fascinante y contradictoria. La ciudad de las tres grandes religiones monoteístas. La ciudad sagrada en cuya nombre se han perpetrado auténticas barbaridades.

 

Ahora Donald Trump ha roto el difícil equilibrio en que se encontraba la ciudad al declarar que Estados Unidos la reconoce como capital de Israel.

 

No habrá paz en Oriente Medio hasta que tanto los israelitas como los palestinos asuman que deben compartir la tierra. El mandato de Naciones Unidas en 1947 fue la de que se formaran dos Estados. Los judíos lo aceptaron y los palestinos se negaron. Pero ese mandato de Naciones Unidos continua vigente y por tanto las propias Naciones Unidas deberían imponérselo a las dos partes.

 

Seguir retrasando esa solución es seguir condenando a las nuevas generaciones a vivir en un clima permanente de guerra, de desconfianza, de desencuentro, de odio. No digo que sea fácil, pero sí que es irremediable que ambas partes acepten que tienen que vivir juntas y compartir ese pedazo de tierra y sin duda Jerusalén será objeto de disputa.

 

Nadie puede negar que Jerusalén ha sido la capital histórica del pueblo judío desde hace más de dos mil años. Como tampoco se puede negar que aunque los musulmanes no se hicieron con la ciudad hasta el siglo VII, la ciudad es parte de su razón de ser y es una de los lugares sagrados del Islam. También Jerusalén es una ciudad importante entre los cristianos. La historia de Occidente pasa por Jerusalén .

 

De manera que habría que buscar la manera de que Jerusalén sea una ciudad donde puedan convivir en paz las tres grandes religiones monoteístas. El día en que de verdad israelitas y palestinos se sienten a negociar, Jerusalén será el capítulo más difícil para lograr un acuerdo. Pero hasta que llegue ese día, no se debería alterar el actual "status quo" de la ciudad. El presidente Donald Trump ha cometido un error imperdonable al avivar los rescoldos de un problema siempre latente.

 

Cuántas barbaridades se cometen en nombre de Jerusalén, corre la sangre.

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