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Sábado, 9 de diciembre de 2017

El turista Puigdemont

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Quienes creyeron ver en el juez Llanera una tabla de salvación, se han llevado un buen chasco.

Nunca pudieron imaginar que el juez del Supremo tuviera los reflejos suficientes como para acudir a la rescisión de la petición europea de detención del señor Puigdemont. Le atribuyen al juez haber acudido a una argucia y no, no es una argucia, es una facultad absolutamente legal de la que disponen todos los Estados. Es verdad que lo hubiera podido hacer antes, e incluso no hacerlo; pero es obvio que si un juez puede evitar una hipotética desigualdad, debe actuar.

 

Tomada esta decisión, la justicia belga queda libre de cualquier pronunciamiento y es seguro que el Gobierno belga se ha quitado un peso de encima; por el contrario, el juez Llarena no hace favor alguno al Gobierno español. Éste con atenerse a lo que dijera la justicia belga, tenía el problema resuelto.

 

Ahora quien de verdad tiene un problema --lo ha tenido siempre-- es el señor Puigdemont, que se ha convertido en uno de los miles de turistas que deambulan por Bélgica. En sus manos y solo en sus manos está el volver o no a España, sabiendo, eso sí, que la orden de detención nacional sigue en plena vigencia.

 

El expresidente de la Generalitat ya ha anunciado que si sale elegido vendrá a tomar posesión de su acta. Y lo hará salvo que el CNI y otros cuerpos de inteligencia del Estado se enteren de su entrada en España con la misma perspicacia que se enteraron de dónde estaban las urnas del 1-O o de dónde y cómo se hicieron los secesionistas con los datos personales de los ciudadanos. Ahora se ha sabido que estaban encriptados y así se hicieron llegar a las mesas. Todo un entramado que no fueron capaces de poner al descubierto.

 

El turista Puigdemont no tiene límites en sus alocuciones. Ha llegado a hablar de la "cobardía" del Estado. ¿Cobardía? Calcularon mal. No cayeron en la cuenta de que a un Gobierno se le puede engañar, pero un reto al Estado, a cualquier Estado, no sale gratis y menos cuando han jugado con una mayoría que no existía y han andado un camino a ninguna parte. Se les avisó muchas veces. Tuvieron tiempo de rectificar, de evitar tanto desastre y tanta fractura. A la cabeza de todo ello, el turista Puigdemont, que bien haría en mirarse al espejo y preguntarse si de verdad está haciendo lo que debe, si no está obligado a dar explicaciones a su propia gente y, en último término, asumir sus responsabilidades de las que era bien consciente antes de dar los pasos que dio.

 

Le veremos en más intervenciones a distancia y le escucharemos más declaraciones y se consolará pensando que con su presencia en Bruselas está ridiculizando al Estado español. A lo mejor hasta se lo cree, pero es él quien tiene un problema que, a buen seguro, tratará de explotar en clave de campaña y que bueno sería no minimizar su efecto en términos electorales.

 

Estamos a muy escasas fechas de unas elecciones, las catalanas, que si siempre son importantes, en esta ocasión resultan excepcionales, con circunstancias inéditas cuyos resultados marcarán el futuro inmediato de Cataluña. En este contexto, Puigdemont, si puede buscará una foto también inédita.

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