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Jueves, 30 de noviembre de 2017

Francisco y los "hermanos rohingya"

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Este planeta cada vez más avanzado, más interconectado, más interdependiente económicamente sigue descubriendo cada día que los derechos humanos, especialmente los derechos de las minorías, se violan sin reparo alguno y sin que los líderes mundiales hagan una política firme de hechos que impida que unos cuantos realicen limpiezas étnicas para acabar o destrozar a colectivos que deberían ser siempre protegidos o que otros vendan niñas esposas por dos euros, sin que nadie frene esa locura.

África y Asia son escenarios diarios de hechos como éstos, en muchos casos, desde Gobiernos que negocian comercialmente con los países más desarrollados y democráticos. Países donde la vida de muchas, demasiadas personas, no vale absolutamente nada. Apenas hablamos ya de Siria, donde el final de la guerra no implica el comienzo de la paz ni la vuelta a la normalidad y no digamos de otros países como Libia, Afganistán o Irak en torno a los cuales hay un silencio culpable. Lo que no se cuenta, no sucede.

 

La tragedia de la etnia rohingya es la última, por ahora. Más de 620.000 personas han sido expulsadas desde Myanmar a Bangladesh -y el éxodo continúa-, después de sufrir violencia, violaciones y profundos daños psicológicos como denuncia ACNUR. Y aunque hace unos días, justo antes de la visita del Papa, se ha conseguido un acuerdo para que puedan volver, el regreso no es posible. Sus hogares han sido quemados o destruidos, no hay ninguna garantía y es más seguro permanecer en la penuria de los campos de refugiados de un país extraño que retornar a un hogar que no existe.

 

El Papa se ha reunido con el jefe del ejército de Myanmar, el todopoderoso responsable de la limpieza étnica, y ha apelado a su responsabilidad para acabar con esta situación. A finales de agosto, recién iniciado el gran éxodo de musulmanes birmanos hacia Bangladés, ya el Papa, desde el balcón del Vaticano, expresó su solidaridad con los "hermanos rohingya". Ahora lo ha hecho sobre el terreno. Pero el mundo ha callado ante esta tragedia y hasta Francisco ha tenido que medir sus palabras para evitar que el poder militar sea aún más duro con los rohingya.

 

En Myanmar resuena de forma estruendosa el silencio pasivo y culpable de la Nobel de la Paz y consejera estatal, Aung San Suu Kyi, de quien se esperaba tanto por parte de las víctimas y que parece haber olvidado sus años de cautiverio y sufrimiento. Como decía hace poco José Antonio Pagola "¿Por qué es tan decisivo ayudar a los necesitados y tan condenable negarles la ayuda?... No hay religión verdadera ni política progresista ni proclamación responsable de los derechos humanos si no es defendiendo a los más necesitados, aliviando su sufrimiento y restaurando su dignidad". Lo que ha tratado de hacer el Papa Francisco y lo que elude hacer la comunidad internacional. Con nuestro silencio también culpable, también responsable.

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