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Lunes, 27 de noviembre de 2017

No les digáis que fue un sueño

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Cuando el 1 de octubre la Generalitat organizó un bochornoso referéndum, sin garantías, con urnas opacas y resultados puestos antes de contar los votos o sin necesidad de hacerlo, todos los demócratas comprendieron que el procés era una huida hacia ninguna parte. A pesar de los errores del Gobierno central, que había anunciado que no habría referéndum --y lo hubo-- y que gestionó pesimamente la actuación policial.

Cuando el 8 de octubre, más de un millón de catalanes que querían seguir en España se atrevieron finalmente a salir a la calle para decirlo alto y fuerte, la mitad de Cataluña recuperó la confianza en sí misma y el independentismo descubrió que no sería tan fácil el golpe de Estado que estaban preparando desde hace años para seguir administrando Cataluña en contra de la mitad de los catalanes.

 

Cuando entre el 25 y el 27 de octubre se produjeron los lamentables hechos en el Parlament de la ilegal declaración no declarada de independencia de Cataluña, dejando la bandera española en todo lo alto del Parlament y la huida a Bélgica de la mitad de los consellers, Europa y todos los demócratas comprobamos que el procés era una ruina y que sus gestores, que no tenían ni siquiera preparado "el día después", deberían pagar por la gravedad del delito que habían cometido y por el daño causado a Cataluña y a España, a su economía, a su reputación, a sus ciudadanos.

 

Cuando el Gobierno decidió aplicar el artículo 155 de la Constitución, y hacerlo de forma suave, con el apoyo cerrado y firme de los partidos constitucionalistas, y convocando, con cierta sorpresa general, elecciones inmediatas para dar la voz de verdad a todos los catalanes, todos los demócratas pensaron que se ponía fin, cumpliendo el mandato constitucional, a la locura y al desgobierno y que se abría una oportunidad para volver al seny y para contar con gobernantes y programas que no excluyeran a la mitad de los catalanes.

 

Cuando Europa, todos los Gobiernos de Europa, la práctica totalidad de los partidos europeos, ratificaron su apoyo al Gobierno español y su rechazo al Govern catalán, incluido un iluminado Puigdemont, huido en Bélgica, a los independentistas se les cayeron los pocos argumentos que les quedaban.

 

Cuando más de 2.700 empresas se marcharon de Cataluña para no hacer el juego a los independentistas, contra lo que éstos habían "garantizado", el juego separatista parecía liquidado. Incluso sus líderes aceptaron la convocatoria electoral y anunciaron su intención de renunciar a la vía unilateral.

 

Cuando sucede todo eso, cuando todos estamos expectantes ante la convocatoria del 21D, y las encuestas dicen que el bloque constitucionalista puede igualar o ganar al bloque independentista y acabar con su mayoría absoluta, los socialistas dicen que no aceptarán un Gobierno presidido por Inés Arrimadas, si Ciudadanos ocupa la primera posición del bloque. Sólo quieren un Gobierno presidido por Iceta. El PP --con encefalograma plano en Cataluña-- recela de Rivera y su discurso recentralizador. Y los tres partidos descubren sus vergüenzas a los ciudadanos y a sus rivales políticos sin esperar siquiera a los resultados.

 

Tampoco parecen capaces de hacer una campaña por la Cataluña de todos, sino por los intereses de cada partido. Sería muy grave que todo ese impulso regenerador de la democracia en Cataluña se quedara en un sueño. Sería grave que PP, PSOE y Ciudadanos decepcionaran a los catalanes que sueñan con una Cataluña constitucional y a los españoles que queremos seguir construyendo la España de todos desde el diálogo y el consenso, no desde el separatismo y la división.

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