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Lunes, 30 de octubre de 2017

El milagro de la bandera

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Los separatistas y sus cómplices podemitas han logrado un milagro que cuarenta años de democracia no habían conseguido: derecha e izquierda abrazan juntas la bandera constitucional de España.

Porque, es la verdad, es la primera vez en mucho tiempo que la inmensa mayoría de los españoles, dejando aparte las ideologías, se sienten amparados por ese símbolo, entienden que deben defenderlo y lo exhiben sin complejo alguno. Las ventanas y los barrios, de todo pelaje y condición, lo proclaman al aire. Y quien iba a decirnos que fuera a ser la ciudad de Barcelona el epicentro de tal erupción.

 

Hasta ahora, hay que decir la verdad, la izquierda tenía más o menos marcado que su aceptación era más obligación que devoción. Con la novedad de que en los últimos meses con la eclosión morada y revanchista de Podemos se había dado un paso, que inició tampoco se olvide el ínclito ZP, hacia la directa agresión. La bandera constitucional era y es considerada y tratada como un símbolo que marcaba a quien la lleva como facha.

 

Quizás haya que repasar la historia para explicar el por qué de tal aberración. La bandera, es un hecho, tiene muchos siglos entre nosotros. Fue primero enseña de nuestra Armada, por su gran visibilidad en el mar, y luego el rey Carlos III, que ya ha pasado aire por la Puerta de Alcalá que él levantó, la instituyó como símbolo nacional. Hasta hoy y con un paréntesis desgraciado y trágico. La II República, porque la I la mantuvo, decidió sustituirla, cambiando su franja inferior amarilla por una morada. El franquismo se apropió entonces de la vieja enseña en exclusiva y utilizó ello como parte esencia de su propaganda "nacional" contrapuesta a la España "roja". Durante los años de la Dictadura con ella enarbolada de continuo se convirtió en símbolo exclusivo de la dictadura y de su represión.

 

Alcanzada la democracia los partidos de izquierdas la aceptaron. El PCE, hegemónico y poderoso en la clandestinidad, fue el primero, el 14 de abril de 1977, una semana después de su legalización, pero fue más que otra cosa un gesto de apaciguamiento, una señal de tranquilidad. El neonato PSOE, resucitado tras muchos años de muy escasa presencia y casi total inanición, que emergía con una fuerza imparable, se permitió durante más tiempo el desdén y seguir en juegos republicanos. Pero en términos generales se aceptó y cuando los socialistas llegaron al poder se normalizó.

 

Sin embargo en ello no hubo ni empeño ni mucho menos cariño. La bandera había quedado "manchada" por el secuestro franquista, y se le daba un trato similar a ese terrible y miserable que puede sufrir una mujer violada a la que encima se desprecia por haberlo sido. Esa fue la actitud. La democracia parecía no querer ni acabar de liberarla del secuestro ni restituirla con todos los honores. Alguna vez, cuando ganábamos todo en deportes, hasta los mundiales de fútbol, hasta se la paseaba por las calles. Pero mas allá de ello poco y sí más de silbar el himno y menospreciarla en cuanto hubiera ocasión propicia por parte de quienes la ven como enemiga, sin que apenas se levantara voz en su defensa.

 

El milagro se ha obrado ahora y en esta ocasión no es deporte sino razón y sentimiento. Lo que ha unido es la agresión más descarnada a lo que precisamente representa y que, sobre todo, representa ahora. La libertad, la democracia, la tolerancia, la Constitución, la unidad de todos los españoles y, sobre todo, a su pueblo soberano al que el separatismo quería robar sus derechos. La bandera constitucional de España se ha levantado como símbolo precisamente de eso. Más de presente y de futuro que de pasado. Más de que ha sido bajo ella donde España es hoy un país moderno, democrático, que ha dado un inmenso salto hacia adelante hacia el bienestar y el progreso, logrando superar con entereza un reciente, terrible y aún no del todo curada, crisis. Y esta vez el abrazo a ella se ha sentido como sincero por parte de las gentes mas allá que por parte de cualquier juego de interés político.

 

Ha habido un antes y un después y eso es tal vez lo más positivo en medio de esta horas de tribulación. Con serios efectos colaterales para quienes no han sabido ni querido leer esa voluntad y esa decisión colectiva. Los secesionistas, por supuesto, pero a quienes, como Podemos, han sido sus cómplices, unos de manera torticera, otros con obscenidad manifiesta, es el mástil el que se les está cayendo encima mientras les revientan todas sus monsergas por dentro.

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