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Domingo, 15 de octubre de 2017

¿Una Cataluña sin euro?

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El escritor y académico Antonio Muñoz Molina describe con todo lujo de detalles en el diario El País, el medio español de mayor circulación en el exterior, que "una parte grande de la opinión cultivada", en Europa y América, "y más aún de las élites universitarias y periodísticas", prefiere mantener "una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre".

Y, con toda su buena intención, el mundano Muñoz Molina constata que a los independentistas catalanes no les ha costado "un gran esfuerzo, ni un gran despliegue de sofisticación mediática", volver a su favor en la opinión internacional "eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar 'el relato'".

 

Es probable que no le falte razón a este académico en muchas cosas de las que observa, aunque algunas serían matizables, especialmente dos: 1) España es una economía internacionalizada, de las más importantes del mundo, y tiene el aval de la marca Unión Europea y del euro. Y 2) Al menos los centenares de millones de turistas que a lo largo de los años han visitado España saben, por su propia experiencia, que carece de fundamento una visión tan sombría de España.

 

A los efectos de la posible independencia de Cataluña, claro que pesa todo el relato de Antonio Muñoz Molina, pero como dirían los portugueses "máis non sempre". Es decir, no en todos los frentes, especialmente en la realpolitik, esto es, la política o diplomacia basada en intereses prácticos y acciones concretas, sin atender a la teoría o la filosofía como elementos formadores de políticas. Ni la Unión Europea (UE) ni los principales países del mundo van a apoyar la independencia de Cataluña, aunque no falten medios intelectuales de esos entornos que expliquen las bondades de construir una gran UE con estados más pequeños, de la dimensión de EE UU, donde son excepción casos como el de California, que vendría a ser su Alemania.

 

Resolver los problemas de fondo que plantea con minuciosidad el académico Muñoz Molina exige tiempo -seguramente una generación o más- y una profunda transformación de España como estado, de modo que sea posible que todos sus ciudadanos o al menos una gran mayoría en todos sus territorios, sin excepciones, sientan como propia su Constitución, su forma de Estado, su bandera, su himno y tantos otros elementos comunes que todos sabemos que asume, sin ir más lejos, un vecino de Francia. Si España no es como Francia en ese sentido es por razones culturales, históricas, políticas, sociales, religiosas e incluso económicas. Valores como el laicismo marcan más la frontera entre España y Francia que los Pirineos.

 

Dicho todo lo cual, en el corto plazo hay una realpolitik aplicable a los catalanes, sean o no sean partidarios de seguir en España, acepten o denigren una Constitución por lo demás en incipiente proceso de cambio, que es el imperio del euro y todo el peso político de la Unión Europea. Si Alemania no quiere, Cataluña no será independiente a corto plazo, porque fuera del euro, la próspera Cataluña se vendría abajo. Una economía exportadora como la suya tendría que dotarse de una moneda propia devaluada con respecto al euro. Un verdadero disparate no para la CUP, que habla incluso de aceptar ese escenario, pero sí para la derecha económica catalana, sus ejecutivos y trabajadores mejor remunerados, sus rentistas y sus payeses más ricos. En Cataluña no persiguen la independencia los obreros del cinturón industrial de Barcelona, sino las clases medias y las más pudientes. La base cristiana de la ANC es más que evidente. Estamos ante una posible rebelión burguesa, no ante una revolución del proletariado.

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