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Lunes, 25 de septiembre de 2017

No saber quiénes somos

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"No queremos luchar; queremos simplemente vencer... Quien desee que España entre en un período de consolidación, quien en serio ambicione la victoria deberá contar con los demás, aunar fuerzas y, como Renán decía, 'excluir toda exclusión'". Lo decía Ortega hace casi cien años en la "España invertebrada" de entonces y sigue sirviendo hoy, después de cuarenta años de democracia, con una Constitución forjada en el acuerdo y la renuncia de todos y en la integración de todas las fuerzas que forman España.

Ese acuerdo sirvió para salir del franquismo a la democracia y para sortear, incluso, un intento de golpe de Estado que pudo acabar con todo lo conseguido, así como para enfrentar y derrotar a ETA, la otra gran amenaza permanente de la irracionalidad. Por primera vez, con todas las diferencias, con todos los partidismos, con todas las tensiones, España parecía haber puesto en marcha un proyecto común. Casi todos estábamos de acuerdo en caminar hacia el Estado Social y de Derecho, hacia la defensa de los derechos y de las libertades de todos, hacia la democracia. El imperio de la ley y de las libertades, la tolerancia y la convivencia seguramente como en muy pocos países democráticos y sin la experiencia, los años de ejercicio de las libertades, que han tenido esos países que nos rodean. Para muchos fue un milagro pasar de la ausencia de libertades a la democracia, sin violencia y con respeto a los otros.

 

El problema, seguramente, ha sido que, superado ese objetivo, ni nosotros mismos sabemos qué somos "nosotros". Los países, las comunidades, las empresas, "las organizaciones políticas tienen que estar basadas en un sentimiento de lo que significa ser "nosotros", en un sentimiento de identidad". La frase de Ricardo Hausman, director del Centre for International Development de la Harvard Kennedy School es certera. Ni siquiera sabemos si somos una nación, como dice nuestra Constitución, con "nacionalidades". Si somos "una nación de naciones", España, con al menos tres naciones dentro -Cataluña, Euskadi y Galicia- como sostiene Pedro Sánchez, el líder del PSOE. Si tenemos sólo dos naciones -Cataluña y Euskadi- que son iguales que España, aunque formen parte de España, como acaba de decir el presidente del Gobierno vasco abriendo -como era de esperar- otro conflicto... O si somos una nación integrada en Europa para hacer frente a un mundo global que cada vez es menos localista y más universal. "Todas las naciones son España", acabó diciendo el líder socialista en un espectáculo más cercano a Martes y Trece que a un discurso político moderno.

 

Y si no sabemos lo que somos no es posible tener un proyecto común, fuerte, viable. En Cataluña, los políticos nacionalistas apostaron hace tiempo por divorciar la política del derecho, por construir una comunidad en la que los sentimientos -reforzados y manipulados con políticas basadas en la lengua, la enseñanza y la bandera- caminaran siempre por encima de las ideas y en la que las mentiras o las medias verdades acabaron imponiendo su ley. La primera víctima de toda guerra es la verdad. 

 

En el otro lado, como seguramente sucederá con el País Vasco, se desatendió el problema porque siempre se pensó que no se atreverían a dar el paso de la secesión. Ahora hay que hacer cumplir la ley y respetar las normas. Luego habrá que volver sobre esa idea compartida, ese proyecto común que es el único que nos puede hacer crecer juntos. Pero el futuro, como la modernidad, no es más Estados sino menos. No es más soberanía sino menos o, en todo caso, más soberanía compartida. No es volver a las tribus sino ser parte del mundo global. No va a ser fácil que lo entiendan quienes siguen viviendo en la vieja política para tratar de defender sus privilegios y esconder sus corruptelas.

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