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Viernes, 1 de septiembre de 2017

Un muro llamado Mariano

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Ya se ha hecho a la idea. Tiene perfectamente claro que lo que le queda de legislatura va a ser un via crucis.

 No va a haber respiro para él. El caso Gürtel va a tener un largo recorrido en los tribunales, la comisión de investigación sobre el mismo asunto va a ser un juego de niños en comparación con lo que hemos visto hasta ahora y ya en cuestión de días tendrá que hacer frente al enorme y desafiante desafío --valga la redundancia-- del secesionismo catalán a lo que hay que añadir la tensión contenida por el temor, más que razonable, a que tengamos que vivir más días de luto. No creo, sinceramente, que su posición, la de Mariano Rajoy, sea envidiable.

 

No tiene asunto fácil por delante. Lo único que le salva es la incapacidad de la Oposición para ponerse de acuerdo y hacer realidad el deseo de Sánchez y otros "váyase señor Rajoy". Pero no. Rajoy no se va a ir y menos porque lo pida la Oposición a la que ha retado a presentar una nueva moción de censura que no tiene viso alguno de que se pueda fraguar, al menos a corto plazo.

 

Mariano Rajoy está demostrando tener piel de elefante. Aguanta lo que le echen y ha pedido a los suyos que sigan su ejemplo: nada de nervios ni de precipitaciones. Nada de poner en duda los objetivos del Gobierno. Aguantar y pactar con quien se pueda y lo que se pueda y mientras tanto que los grupos de Oposición lancen las estrategias que crean conveniente. El sabe que se desgasta porque el poder en sí mismo siempre lo hace, pero los populares han llegado a la conclusión de que la oposición "con su ansiedad por cercar a Rajoy" puede estar desgastándose aún más. Solo las urnas dictarán, en su momento, el veredicto final.

 

Tras el inoperante pleno del día 30, todas las miradas, todas las atenciones y todas las expectaciones se centran en Cataluña. La cuestión es de una seriedad extraordinaria aunque hayan sido los propios promotores de este camino hacia ninguna parte los que hayan quitado solemnidad a su propia iniciativa. Son tales los desatinos, tan burdas las aspiraciones, tan fuera de lugar todo lo que está haciendo que lo están convirtiendo en algo extravagante que ya sólo produce cansancio. Pese a todo, la gravedad del asunto es severa. Nada apunta a que en el último momento den un paso atrás. Al contrario. Ha sido enterrar a los muertos de Barcelona y dar un empujón cayendo en la ingente contradicción de alardear del buen funcionamiento del autogobierno catalán. ¿En qué quedamos?. Alardean precisamente de todo aquello que gestionan --que es mucho, muchísimo-- gracias a unas normas --Constitución y Estatuto-- que ahora se quieren cargar de un plumazo. Un pueblo oprimido y perseguido no tiene Policía propia, ni medios de comunicación, ni Educación ni nada de nada.

 

A estas alturas es un ejercicio más que estéril hacer ver a la CUP, a Puigdemont, a ERC que nunca, nunca van a estar mejor que ahora. Van a pedalear hasta el último momento pero también en este punto se van a encontrar con un muro llamado Mariano Rajoy. Eso lo veremos a no tardar.

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