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Viernes, 4 de agosto de 2017

La indecencia de Maduro

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Es difícil imaginar mayor indecencia. No le avergüenza que sus ciudadanos no puedan disponer de lo básico para comer o curar sus enfermedades.

No le altera comprobar cómo miles de ellos hacen cola para entrar en Colombia para adquirir en el país vecino lo que no encuentran en el suyo y, por supuesto, no le quita ni medio minuto de sueño el tener en la cárcel a 500 presos políticos. Nada le avergüenza. Nicolás Maduro, además de un dictador, tiene tics de perturbado que le llevan a condenar a un país, rico y grande, al más absoluto de los abismos.

 

A estas alturas y después de los buenos oficios llevados a cabo tanto por el expresidente Zapatero como por otras personas, no debe quedar la más mínima duda de quién es y cómo es este personaje. Nunca lo admitirá, pero Nicolás Maduro no contaba con la determinación de cientos de miles, incluso millones, de venezolanos, que han puesto pie en pared para recuperar algo tan básico como es la libertad y el cumplimiento de su propia Constitución. Su perseverancia es digna de admiración.

 

Creíamos que lo habíamos visto todo, hasta que, de nuevo López y Ledezma fueron arrancados de sus domicilios con modos y maneras mafiosos bajo la absurda acusación de que pretendían huir. ¿Huir? Y ahí están, detenidos, encarcelados y carentes de cualquier garantía jurídica que el propio Maduro se ha encargado de laminar. ¿Cabe otro calificativo que no sea la de dictador?

 

La indecencia de Maduro no tiene límites. La empresa encargada del recuento -nacida al amparo del chavismo- ha denunciado la manipulación absoluta de los resultados que según el dictador han avalado la ilegitima Asamblea Constituyente. Lo han tenido que hacer desde Londres porque hoy Venezuela es territorio comanche. En cualquier momento te conviertes en "desaparecido".

 

La comunidad internacional tiene ante si un reto que no puede afrontar con miedo. Con inteligencia, sí, pero con miedo, con contemplaciones, no. Si algo hay que descartar es cualquier medida que dificulte o empobrezca aún más a la población, pero se debería encontrar el margen suficiente de actuación para que todos aquellos responsables de la actual situación tengan muy claro que sus vidas se van a complicar. España debe estar a la cabeza de la respuesta.

 

Y no nos equivoquemos. En buena medida, si en Venezuela se ha llegado a este punto es porque se ha creído que con un personaje como Maduro era posible el diálogo, el acuerdo razonable que era irracional desde el minuto uno. Con 500 presos políticos por medio no cabía diálogo alguno. Primero, libertad para todos y luego ya veríamos.

 

Venezuela y los venezolanos caminan sobre el abismo, con el riesgo cierto de enfrentamiento civil. Maduro tiene la fuerza. Tiene el Ejército y ese siniestro cuerpo policial que asalta domicilios. No hay más esperanza que su círculo se vaya resquebrajando, que se produzcan fugas y más fugas, que sienta en sus carnes la más absoluta soledad y si esto no ocurre lo que para muchos es ya fase terminal puede convertirse -ya lo es- en una lenta, lentísima y muy dolorosa agonía. Con los indecentes de cualquier clase, condición, ideología, raza o religión ni media palabra.)

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