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Jueves, 26 de enero de 2017

Populistos

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Para determinar que España tiene un grave problema con la corrupción tampoco hace falta tener un doctorado en Harvard, con ver el Telediario todos los días uno tiene suficiente. La acumulación de casos que han llegado a los tribunales en los últimos años dibujan un lodazal irrespirable.

Desde la política, tan aficionada a la posverdad, se ha articulado un discurso según el cual la larga lista de procedimientos judiciales es la prueba del funcionamiento del Estado de Derecho. Aunque como los ciudadanos no somos estúpidos, en esa negra nómina sólo encontramos el estrepitoso fracaso del Estado, incapaz de frenar al ladrón antes de ocupar un cargo público, de detectarlo antes de tocar nuestro dinero o de apartarlo en cuanto las sospechas sobre su comportamiento se acumulan.

 

Por eso, porque no nos creemos la primera versión, la corrupción sigue estando en el top de las preocupaciones ciudadanas cada vez que nos pregunta el CIS. Y por eso, hemos salido muy perjudicados en el último ranking mundial que Transparencia Internacional ha elaborado sobre el índice de percepción de la corrupción. Mantenemos la nota, pero como otros han mejorado, hemos caído en la clasificación a niveles desconocidos hasta hoy. Mejor que nosotros están, además de 16 países de la Unión Europea, estados como Botswana, Cabo Verde o los Emiratos Árabes Unidos. En resumen, Transparencia Internacional detecta un hartazgo ciudadano sumo: la sensación de que hay mucha corrupción, de que no se hace lo suficiente para que toda aflore, de que muchos casos quedan impunes y de que no se protege suficientemente a los denunciantes mientras aforamos por encima de nuestras posibilidades.

 

Si a todo esto añadimos que la crisis ha empobrecido aún más a los pobres mientras ha hecho más ricos a los ricos, está apartando a muchos jóvenes del circuito sin darles una sola posibilidad en su vida, está precarizando el trabajo hasta límites insospechados, y está dejando en la cuneta a cientos de miles de ciudadanos demasiado viejos para volver a empezar y demasiado jóvenes para cobrar una pensión, el panorama es desolador. Un estupendo caldo de cultivo para que prosperen temibles populistos. Sí, he escrito populistos.

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