Hispanidad a la española: del Himalaya a Los Andes
La ideología progre que ha arrasado España desde la funesta Transición se ha nutrido en gran medida de clichés hispanófobos, de flagrantes tergiversaciones de nuestra historia, de la mentirosa negritud que ha derramado sobre nuestra refulgente trayectoria histórica una catarata de falsedades, un verdadero «Himalaya» de mentiras, como dijo Julián Besteiro a sus correligionarios socialistas poco antes del 36, acusándoles de magnificar la represión posterior al golpe de estado izquierdista del 34.
Frente a estos «Himalayas» de mentiras, de falsedades, de mitos, es preciso afirmar nuestra «leyenda dorada», anatematizada por la progresía roja en la enseñanza y los medios de comunicación, que ha convertido nuestras hazañas en genocidios, nuestras epopeyas en holocaustos, nuestra tradición áurea en siniestra y negra leyenda, que esta caterva de impresentables hispanófobos e indepes ha contribuido a incrementar.
Esta leyenda contra la hispanidad ―surgida en los países protestantes de Europa a comienzos del XVI― es un conjunto de estereotipos negativos sobre España, a través de los cuales se vertebra una descalificación global de la Hispanidad, pues en ellos se nos acusa de habernos mostrado históricamente como un pueblo cruel, intolerante, oscurantista, ignorante, atrasado y vago.
Manuel Álvarez Fernández explica esta leyenda diciendo que consiste en «la cuidadosa distorsión de la historia de un pueblo, realizada por sus enemigos, para mejor combatirle. Y una distorsión lo más monstruosa posible, a fin de lograr el objetivo marcado: la descalificación moral de ese pueblo, cuya supremacía hay que combatir por todos los medios».
Es decir, que la misma existencia de esta leyenda demuestra nuestra supremacía, nuestra hegemonía, la existencia de aquel tiempo en el que éramos invencibles, pues con ella nuestros adversarios pretendían resarcirse de sus derrotas en los campos de batalla.
Recuerdo que una de las historias que más me cautivaron en mi niñez y adolescencia fue la que protagonizó el niño italiano de nombre Marco, que emprendió un viaje épico desde Italia hasta América con el fin de encontrar a su madre, que había emigrado a tierras del Nuevo Mundo para trabajar y dar una mejor vida a sus hijos.
La historia tenía como título «Marco: de los Apeninos a los Andes», relato breve incluido por Edmundo de Amicis en su novela «Corazón», editada en 1886.
Si cambiamos los Apeninos por el Himalaya, nos quedaría un título perfecto para explicar con pocas palabras la nauseabunda catarata de mentiras con las que los neomilicianos pretenden destrozar nuestra historia: «Del Himalaya a los Andes».
Y así tenemos que los sherpas perrofláuticos del Himalaya de mentiras sobre nuestra Patria han abierto desde tiempo inmemorial una franquicia en los Andes, la cual ha lavado el cerebro a incontables generaciones presentando la epopeya americana como la madre de todos los genocidios. ¿Por qué será que la patulea comunista, responsable de la muerte de más de 100 millones de personas, se empeña en ver genocidios en nuestras empresas más gloriosas?
Extraño caso el de España, perpetradora de los más tremendos genocidios de la Humanidad según los lobotomizadores rojos: musulmanes, brujas, protestantes, indígenas… Enormes muchedumbres que cayeron bajo nuestra cruel guadaña, que inmisericorde segó vidas inocentes, heidianos en flor, angelitos sonrosados que tocaban arpas celestiales antes de que llegáramos nosotros.
Esta mentira cósmica que hace de la Hispanidad la «fiesta del genocidio indígena» resiste contra viento y marea la verdad histórica —archisabida, pero archiolvidada—, de que la mortandad indígena fue provocada por el hecho de que los españoles transmitieron a los autóctonos unas enfermedades contagiosas para las cuales los indios carecían de defensas ―especialmente la viruela y el sarampión―, enfermedades infecciosas que provocaron entre un 75 y un 95% de la mortandad indígena.
Otras verdades como panes demuestran fehacientemente que los españoles pudieron conquistar esos imperios enormes porque contaron con el apoyo de la gran mayoría de los pueblos que estaban hartos de la opresión totalitaria de esos imperios, la mayoría de los cuales se alimentaban de las torrenteras de sangre de los satánicos sacrificios humanos.
En el año 1521 Andrés Tapia, acompañante de Hernán Cortés, dio testimonio de una torre de cráneos en Tenochtitlán, que pertenecían a hombres, mujeres y niños víctimas de los sacrificios humanos en el imperio azteca. Este siniestro monumento fue descubierto en el 2017, como prueba material de que eran verídicos los testimonios de los cronistas sobre el genocidio que se practicaba en los imperios precolombinos.
Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, afirmaba en una carta datada en 1524 que en todo el imperio azteca se sacrificaban al año más de 72.000 personas, entre ellas 20.000 niños. Para el investigador Mariano Cuevas (1879-1949), esa cifra estaba en torno a los 100.000 sacrificios anuales. En el primer volumen de su «Historia de la Iglesia en México», afirma que Andrés Tapia y Gonzalo de Umbría estimaron en 136.000 calaveras los restos de los sacrificios que hallaron en las vigas y gradas de Mixcoatl. En dicha obra, Cuevas sostiene que el objetivo de las guerras entre los pueblos precolombinos era capturar el mayor número de prisioneros para luego sacrificarlos, ritual que consistía en arrancar el corazón a las víctimas, decapitarlos, y comérselos después. Estas prácticas eran comunes en prácticamente todas las culturas precolombinas. Estos horrendos genocidios cesaron tras la conquista española y, por supuesto, han sido silenciados en los libros de texto.
Para rematar la mentira genocida, es un hecho ya aceptado entre los historiadores que los españoles fuimos los creadores de los Derechos Humanos, cuya ideología se aplicó al trato con los indígenas del Nuevo Mundo, impulsada por la misma Isabel la Católica.
Pero no hace falta ser experto en historia para descubrir que los Andes de mentiras es un burdo intento por manipular la verdad de nuestra historia, ya que basta darse una vuelta por muchas ciudades españolas para desmochar sin cuartel esa cordillera de estafas y engaños, cuando paseando por muchas ciudades españolas nos vemos transportados en un santiamén a exóticos lugares, en fantásticas excursiones por Macchu-Picchu y alrededores, tal es la calidad indígena del ADN de muchos sudamericanos que pululan por nuestras calles.
Y, aparte de tenerlos a cientos de miles en nuestras calles con una fisonomía plenamente indígena, los hay por cientos de millones en los actuales países hispanoamericanos. Si la aventura americana fue un genocidio, ¿cómo se explica que quedaran tantísimos indígenas? Y también hay que contabilizar a aquellos que no tienen tanta pureza racial por haberse mezclado con españoles, ya que fuimos el único imperio en el que los conquistadores no tuvieron reparo a la hora de mezclarse con las poblaciones nativas, caso insólito en los imperios anglosajón, francés, holandés, etc…
Caso bien distinto es el de los indios que tuvieron la desgracia de habitar las tierras de América del Norte, donde, además de los búfalos ―que exterminaron sin piedad con el fin de matar de hambre a los indios que se alimentaban de ellos―, los blancos anglosajones diezmaron sin piedad las tribus nativas, hasta el punto de que hoy se calcula que éstas ―contando también Alaska― sólo cuentan con poco más de 4 millones de individuos: espeluznante cifra. Por ejemplo, solamente quedan unos 96.000 apaches, 18.000 cheyennes, 19.376 comanches, 80.000 iroqueses… ¿para qué seguir? Es decir, que antes daban para alguna película del Oeste como extras y poco más, pero hoy ya ni eso, porque ya no se hacen.
Dato tremendo es que, de las 570 etnias indias en América del Norte, más de la mitad están asociadas a reservas. No he estado nunca en América del Norte, pero me da que es sumamente difícil toparse por las calles de sus ciudades con cherokees, comanches, apaches, chirikawas, sioux, etc, incluso en la multirracial Nueva York.
Si los rojiprogres hispanófobos quieren denunciar genocidios, más les valdría denunciar los ignominiosos ejemplos de algunos países elogiados por su civilización y su democracia, los cuales tuvieron lugar en un tiempo donde ya existían los derechos humanos y las ONGs: por ejemplo, los casos de los suecos —esterilizando a poblaciones nativas—, y los belgas, masacradores de indígenas en el Congo.
Pero los muchos ejemplos de genocidios que se podrían citar quedan eclipsados por la apocalíptica hecatombe producida por los regímenes comunistas, responsables de más de 100 millones de muertes.
Ya lo decía Jean François Revel: «El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Solo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso».
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