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Cómo España está ampliando la experiencia turística más allá de sus grandes iconos

Durante décadas, el mapa turístico español se pudo dibujar con media docena de nombres. La Sagrada Familia, la Alhambra, el Prado, las playas de Baleares y Canarias, y poco más para quien llegaba de fuera con quince días por delante. Ese mapa sigue existiendo, y sigue funcionando. Lo que ha cambiado es lo que hay alrededor: una red cada vez más densa de destinos, propuestas y formas de viajar que no compiten con los grandes iconos, sino que ensanchan la idea misma de lo que significa visitar España.

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La descentralización como estrategia, no como moda
 
Detrás de esa ampliación hay una decisión política deliberada. La Estrategia de Turismo Sostenible de España 2030 plantea un modelo basado en tres pilares, sostenibilidad socioeconómica, medioambiental y territorial, con un objetivo que gana peso en la política turística española: distribuir mejor los flujos de visitantes en lugar de limitarse a aumentarlos.
 
La lógica es sencilla de entender. Concentrar millones de viajeros en los mismos espacios puede generar tensión con el vecindario, presión sobre la vivienda y desgaste del patrimonio. Repartirlos alivia esa presión y lleva el gasto turístico a municipios que llevaban décadas viendo pasar los autobuses de largo.
 
El sector lo ha asumido como línea de trabajo. La edición 2026 de Spain Travel Market Europa, integrada en el Plan Marco de Turespaña 2026-2028, puso el foco precisamente en el slow travel y en animar al viajero europeo a adentrarse en el interior peninsular en cualquier época del año. Desestacionalizar y diversificar territorialmente ocupan ahora un lugar central en esta estrategia.
 
Los pueblos como destino, no como parada
 
El ejemplo más visible de esta transformación es la red de Pueblos Mágicos de España, que incorporó 22 nuevos municipios en su lista para 2026. La selección va desde Aliaga, en el Maestrazgo turolense, cuyo parque geológico permite leer millones de años en las formaciones rocosas, hasta Coaña, en Asturias, con uno de los castros más importantes del norte peninsular.
 
Lo interesante no es el listado en sí, sino lo que revela sobre el viajero actual. La propuesta encaja con una forma de viajar que busca pueblos donde se pueda pasear con calma, aparcar sin dar tres vueltas, reservar mesa sin dos semanas de antelación y sentarse en una plaza con ambiente local en lugar de con menús plastificados en cinco idiomas.
 
Ese cambio de preferencias ha convertido en destino lo que antes era trayecto. La Palma del Condado, en Huelva, referente en enoturismo con sus bodegas centenarias. La Puebla de Montalbán, a orillas del Tajo, con una de las plazas porticadas más bellas de Castilla-La Mancha. Gaucín, colgado sobre un risco malagueño. Sitios que existían desde siempre y que hoy cuentan con más herramientas para recibir a quien llega buscando algo distinto.
 
La experiencia por encima del monumento
 
Hay otro desplazamiento más sutil: el del qué ver al qué hacer. Una cata guiada de aceite en un molino de Belchite, un recorrido siguiendo el camino de la uva desde su entrada en bodega hasta el embotellado, una conversación con quien mantiene vivo un oficio desde hace cuarenta años. Ninguna de esas cosas sustituye la visita al castillo o a la iglesia románica, pero la amplían y le dan contexto.
 
El turismo experiencial funciona bien en España por una razón concreta: hay materia prima. Denominaciones de origen repartidas por todo el territorio, artesanía que no se ha extinguido, fiestas populares con siglos de continuidad, gastronomías locales que cambian cada cien kilómetros. No hace falta inventar nada, solo organizarlo y hacerlo accesible.
 
Las infraestructuras que lo hacen posible
 
Nada de esto funcionaría sin dos condiciones previas. La primera es el transporte: la expansión de la alta velocidad y las mejoras en las conexiones por carretera han hecho más accesibles muchas zonas que antes requerían desplazamientos más largos desde Madrid o Barcelona.
 
La segunda es digital, y resulta menos evidente pero igual de determinante. Buena parte de estos destinos se descubren, reservan y navegan desde el móvil. Un alojamiento rural en la sierra de Gredos, una ruta de senderismo en el Bierzo o una bodega familiar en Rueda dependen de que el viajero pueda encontrarlos, contactarlos y llegar hasta ellos con el teléfono en la mano.
 
Para el visitante internacional, eso convierte la conectividad en un requisito práctico más que en una comodidad. Quien llega desde fuera de la Unión Europea puede dejar preparada la conexión antes de volar, por ejemplo con una esim España, en lugar de buscar una tienda nada más aterrizar. Holafly es uno de los proveedores que ofrece este tipo de planes, que pueden instalarse antes del viaje y activarse siguiendo las instrucciones del proveedor. Conviene, eso sí, descargar mapas sin conexión antes de adentrarse en zonas de montaña o en comarcas del interior, donde la cobertura sigue siendo irregular por mucho plan que se lleve contratado.
 
Lo que este modelo pide al viajero
 
Hay una contrapartida que rara vez se menciona. Viajar así exige más planificación. Los horarios de un restaurante en un pueblo de quinientos habitantes no son los de Malasaña. Muchos alojamientos rurales tienen tres o cuatro habitaciones y se llenan meses antes en temporada alta. El transporte público entre comarcas del interior puede ser escaso o inexistente, lo que convierte el coche en prácticamente imprescindible para según qué rutas.
 
También pide ajustar expectativas. Quien busque la infraestructura turística engrasada de Barcelona o Sevilla no la va a encontrar en Mula o en Artenara, y esa es precisamente la gracia. El valor está en lo que no está estandarizado.
 
Un mapa más ancho
 
España seguirá siendo el país de la Alhambra y del Guggenheim, y no hay motivo para que deje de serlo. Pero la conversación sobre qué significa visitarla se ha vuelto considerablemente más rica en los últimos años, y lo ha hecho de forma deliberada, con estrategia pública, inversión europea y una red de municipios dispuestos a aparecer en el mapa.
 
Para el viajero que llega con una semana y una lista de imprescindibles, poco cambia. Para el que vuelve por tercera o cuarta vez, o para quien vive aquí y creía conocerlo todo, el margen de descubrimiento es hoy notablemente mayor que hace una década. Y eso, en un país que lleva medio siglo siendo potencia turística mundial, no es un detalle menor.
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