Despertar del letargo
Cuando la supervivencia de la patria está en juego, como se ha visto con la invasión de Ceuta, los ciudadanos tienen la obligación moral de despertar de su letargo y los políticos deberían ser valientes y, conocedores de la gran traición que está en marcha contra el Estado al que ellos juraron o prometieron servir, comenzar a desobedecer, a votar en conciencia y no por disciplina de partido.
1. Hay que empezar por eliminar el neolenguaje woke en nuestras expresiones orales o escritas. Sólo sirve para someter a la sociedad a un dictado totalitario y falaz que contribuye sutilmente a la sumisión al poder y, sobre todo, porque oculta deliberadamente la verdad. No podemos seguir llamando "migrantes" a los seres humanos que abandonan su territorio para entrar en otro, porque el término correcto es "inmigrantes"; no podemos seguir hablando de "crisis migratoria" cuando, en realidad, lo ocurrido en Ceuta el pasado 30 de julio fue una auténtica invasión y, lo que es peor, un ensayo para la invasión definitiva. No podemos hablar de emergencia humanitaria cuando las setenta mil personas que entraron ilegalmente en nuestro país equivalen a un cuerpo de ejército, similar numéricamente a la población de la ciudad invadida; sí, un cuerpo de ejército desarmado, claro está, pero contra el que no se puede actuar de ninguna manera excepto practicar la política de brazos caídos por parte de nuestras fuerzas armadas, porque la intervención militar sólo es posible, jurídicamente, en un estado de sitio.
2. La sociedad civil tiene que "despertar" y comprender que no estamos ante un suceso menor que ocurre en una ciudad española que está muy lejos de nuestros hogares. En los planes del gran Marruecos, desde 1957, figura la construcción de un gran estado en África y sur de Europa. Primero serán Ceuta y Melilla; a continuación las islas Canarias y, "finalmente" al menos en teoría, Andalucía. Las dos primeras ya tienen la calificación de "ciudades ocupadas", no para el régimen alauita, sino para la Secretaria de Estado de los Estados Unidos de América. Esto es terrible porque en ese plan Marruecos tiene como principales aliados y apoyos a los Estados Unidos e Israel está de acuerdo, probablemente como "castigo" no a España sino al presidente de su gobierno, Pedro Sánchez, por su disparatada política exterior de apoyo explícito a los enemigos de ambas potencias.
La gran pregunta es cómo conseguir ese despertar. Hay que hacerlo desde distintos ámbitos: los periodistas y comunicadores desde su responsabilidad profesional de ser fieles a la verdad, perdiendo el miedo a que sus medios pierdan las subvenciones y publicidad que les proporciona el poder al que deben sumisión. Los historiadores, divulgando la verdadera historia de España y, en especial de Ceuta y Melilla, desde plataformas varias a las que ellos tienen acceso. Algunos, en honor a la verdad, llevan años en ese empeño pero sus voces claman en el desierto de la indiferencia de muchos ciudadanos a quienes no les interesa la política y, menos aún, nuestra historia. Si pudiéramos revertir esa situación, habríamos conseguido hacer la mitad del camino para ese despertar.
3. A título individual, los políticos deberían ser valientes y, conocedores de la gran traición que está en marcha contra el Estado al que ellos juraron o prometieron servir, comenzar a desobedecer, a votar en conciencia y no por disciplina de partido. De esa forma, los ciudadanos veríamos que son fieles al servicio de la sociedad y no borregos que se sientan (o no) en su escaño para apretar un botón (algunos hasta se equivocan) el día que toca y a cobrar sueldo y dietas durante cuatro años. No se puede ser cómplice cuando está en juego la supervivencia de la patria. Patria, por cierto, no es un concepto fascista porque existe mucho antes de la llegada de la ideología fascista a Europa, en el período de entreguerras; patria es un término latino que deriva de "pater", padre. La patria es nuestro padre y nuestra madre y quien abomina de ella es un desnaturalizado cuanto menos.
4. Los ciudadanos han de visibilizar su descontento con esta situación y este gobierno, acosado por la corrupción por sus cuatro costados. No sirve de nada protestar en la barra de un bar, hay que salir a las calles, ordenada y pacíficamente, pero no una vez cuando convoca un partido determinado, sino de manera recurrente y constante, una vez a la semana o cada quince días, no en Madrid, sino en todas las ciudades de España, concentraciones de media hora, frente a las sedes de las delegaciones de gobierno, o incluso cerca, lo más próximo posible, del palacio de la Moncloa (aunque me consta que hay ciudadanos madrileños que se manifiestan una vez a la semana, desde hace varios años, pero sus voces no tienen eco porque ningún medio de comunicación les da visibilidad).
Cuando los ciudadanos sean conscientes, hayan "despertado" de su sueño de comodidad e inacción, y vean que no están solos, el contagio llegará a más y más y eso es lo único que teme el poder. El poder siempre reclama sumisión y se perpetúa cuando la sumisión ha invadido las almas de los gobernados, pero, si los ciudadanos despiertos contagian a sus familiares y amigos, el poder despótico e incluso tiránico acabará por caer.
1. Hay que empezar por eliminar el neolenguaje woke en nuestras expresiones orales o escritas. Sólo sirve para someter a la sociedad a un dictado totalitario y falaz que contribuye sutilmente a la sumisión al poder y, sobre todo, porque oculta deliberadamente la verdad. No podemos seguir llamando "migrantes" a los seres humanos que abandonan su territorio para entrar en otro, porque el término correcto es "inmigrantes"; no podemos seguir hablando de "crisis migratoria" cuando, en realidad, lo ocurrido en Ceuta el pasado 30 de julio fue una auténtica invasión y, lo que es peor, un ensayo para la invasión definitiva. No podemos hablar de emergencia humanitaria cuando las setenta mil personas que entraron ilegalmente en nuestro país equivalen a un cuerpo de ejército, similar numéricamente a la población de la ciudad invadida; sí, un cuerpo de ejército desarmado, claro está, pero contra el que no se puede actuar de ninguna manera excepto practicar la política de brazos caídos por parte de nuestras fuerzas armadas, porque la intervención militar sólo es posible, jurídicamente, en un estado de sitio.




























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