Catastrófico Gobierno ante las catástrofes
España lleva sufriendo una plaga de catástrofes naturales y humanas como no se había visto. Incendios, volcanes, inundaciones, tragedias ferroviarias... ante las cuáles el Gobierno de Pedro Sánchez no ha sabido reaccionar adecuadamente. Unas veces de forma incomprensible como en el caso de la riada de Valencia, donde con más de 200 muertos registrados, el presidente sentenció aquello de si quieren ayuda, que la pidan. Otras prometiendo que no van a dejar a nadie atrás, pero lo cierto es que muchos afectados de La Palma siguen esperando las ayudas cinco años después.
En la actual ola de incendios que sufre la Península, con especial gravedad Madrid, Ávila y Toledo --con varios cientos de miles de hectáreas arrasadas-- el Gobierno al menos se ha coordinado con los Gobiernos autonómicos afectados y han cooperado en las actuaciones de los trabajos de extinción. Si se sabe que los incendios se apagan en invierno, ¿cómo se explica que el Gobierno no tome medidas de prevención suficientes?. Las leyes nacionales y comunitarias muchas veces son normas contra natura hechas por burócratas en pro de un mal entendido ecologismo. Sin embargo, cuando se legisla contra los agricultores y ganaderos la consecuencia es a menudo el abandono del campo y si se abandona el campo se favorece que en verano los incendios devoren los bosques de forma insaciable, como ocurre en estas semanas, siempre con resultados catastróficos para haciendas y vidas, como los 14 muertos registrados en el fuego de Los Gallardos, en Almería.
Todo indica que a este Gobierno la gestión le queda grande. Lo que no sea propaganda parece quedar postergado y olvidado. El deterioro de las carreteras y ferrocarriles clama al cielo ante la falta de inversión. El triste descarrilamiento de Adamuz --que costó 46 vidas-- es un claro ejemplo del abandono de las grandes infraestructuras. Otro tanto ocurre en el sector eléctrico, donde la irresponsable apuesta por las renovables nos llevaron a sufrir el gran apagón de hace un año, algo que puede estar a punto de repetirse, según advierten los expertos.
Ajeno a todo, Sánchez y su coro ministerial se acogen al mantra de que el responsable de tanta catástrofe es el cambio climático y arremeten contra el negacionismo climático. Es una bonita manera de eludir sus responsabilidades, que las tienen como Gobierno que son. Y, si no, se dedican a insultar a los Gobiernos regionales del PP, como el de Ayuso, a quien el ministro Óscar Puente ha llegado a acusar de "recortar impuestos a los ricos" mientras piden ayuda a la UME para que les apague los fuegos. Muy miserable. Y lo dice el responsable de la tragedia de Adamuz, pero claro este sujeto cumple el papel de 'can cerbero' que le ha asignado su jefe, "el puto amo", para distraer la atención de la gran trama de corrupción del PSOE.
Y en medio de tanta catástrofe, el inquilino de la Moncloa se dispone a tomar cuatro semanas de vacaciones a costa del contribuyente, junto a su imputada esposa, para regresar en septiembre con el ánimo de perpetuarse en el poder hasta 2027 y más allá, como él mismo dice. Claro que con la oposición blanda, descansada y meliflua que tiene hasta puede que lo logre. Eso también sería una catástrofe.
En la actual ola de incendios que sufre la Península, con especial gravedad Madrid, Ávila y Toledo --con varios cientos de miles de hectáreas arrasadas-- el Gobierno al menos se ha coordinado con los Gobiernos autonómicos afectados y han cooperado en las actuaciones de los trabajos de extinción. Si se sabe que los incendios se apagan en invierno, ¿cómo se explica que el Gobierno no tome medidas de prevención suficientes?. Las leyes nacionales y comunitarias muchas veces son normas contra natura hechas por burócratas en pro de un mal entendido ecologismo. Sin embargo, cuando se legisla contra los agricultores y ganaderos la consecuencia es a menudo el abandono del campo y si se abandona el campo se favorece que en verano los incendios devoren los bosques de forma insaciable, como ocurre en estas semanas, siempre con resultados catastróficos para haciendas y vidas, como los 14 muertos registrados en el fuego de Los Gallardos, en Almería.



























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