Un paseo por la cara oculta de la Luna
“Hay otros mundos, pero están en éste” es una de las frases míticas que suele utilizar el mundo de lo paranormal, el ámbito de lo misterioso, como eslogan de sus programas sobre “Expedientes X”. Fue inventada por el poeta francés Paul Eluard (1895-1952), adscrito a las corrientes dadaísta y surrealista de la poesía de la primera mitad del siglo XX.
Esta frase propone una idea desorientadora: la realidad que pisamos contiene múltiples dimensiones simultáneamente. No se refiere a universos paralelos en sentido literal, sino a cómo la imaginación, el arte y la percepción transforman lo ordinario en extraordinario.
Esta reflexión responde al contexto del surrealismo, movimiento obsesionado con liberar la imaginación del dominio racional. Eluard creía que la realidad oficialmente reconocida es apenas una capa superficial. Debajo palpita lo maravilloso, lo marginal, lo reprimido.
Esto equivale a afirmar que toda realidad tiene “caras ocultas”, mundos subliminales procedentes de otras dimensiones que coexisten con el mundo visible.
Desde este punto de vista, la malévola Agenda 2030 que dirige el mundo actual, este Fin de los Tiempos que estamos comenzando, no es sino la cara oculta de la Humanidad, la cara monstruosa incubada durante muchos siglos por las fuerzas oscuras, un pavoroso “alien” engendrado por demonios en una lóbrega noche en Monte Pelado. ¿Por qué ha salido ahora a la luz? ¿Por qué ha mostrado en la actualidad su joroba de Quasimodo, su cornamenta luciferina, sus garras y pezuñas lobunas? Por la patética conjunción de la apostasía con unos adelantos tecnológicos que permiten el control total de la Humanidad.
La cara oculta más famosa es la de la Luna, que fue explorada por la expedición de la NASA nombrada como Artemis II en abril de 2026. Por supuesto, me cuento entre los negacionistas que no comulgaron con esa rueda de molino, pero es un hecho comprobado que esa cara oculta es un mundo geológicamente diferente a la cara visible.
Sin embargo, hay caras ocultas que ya se están mostrando públicamente, porque las pulsiones subterráneas que latían en la sociedad desde hacía tiempo, pero que no se manifestaban debido a que los paradigmas culturales las discriminaban y no les permitían su libre expresión, están emergiendo a la luz desde la oscuridad en la que anidaban y bullían.
Sucede que, en una época en la que nada es pecado, en la que no hay diferencia entre el bien y el mal, en la que todo es relativo, en la que, perdido el horizonte cultural y vital del cristianismo y la ley natural, todo está permitido, todo es válido, estamos asistiendo a un pavoroso despliegue de esa cara que estaba hasta no hace mucho reprimida por anatemas, por leyes, por el qué dirán, por convenciones sociales.
Es así como decían que había un PSOE “bueno”, algo absurdo, y más ahora, que ha mostrado (una vez más) su auténtica cara oculta, la cual, como sucede en todos los regímenes malhadados por el socialismo, encamina indefectiblemente a España hacia el caos, la ruina, la tiranía, la corrupción y la destrucción.
El Vaticano, por su parte, infiltrado por las fuerzas oscuras desde comienzos del siglo XX, ha mostrado ya su cara oculta, maquillada sin disimulo en el funesto Concilio Vaticano II.
En cuanto al pueblo español, su cara nacionalcatólica es la genuina, la más identitaria, pero esta identidad ha sido destruida por la feroz emergencia de una cara oculta con rostro de miliciano matacuras y quemaconventos, que se coloca desenterrando cadáveres, derribando cruces, asesinando fetos, legalizando blasfemias, arruinando a la españolía sin disimulo, llevando a nuestra Patria por las barrancas del Tártaro.
España surrealista, dadaísta, satanizada por Bafomet, que ha mostrado ya sus cuernos y su rabo de manera impúdica y alevosa, porque “hay otras Españas, pero están en ésta”.
Sí, pero yo no crecí en otra España, sino en la España verdadera, de hermosa y refulgente cara, desfigurada ahora por una arrolladora invasión de feísmo, de cutrería, de deformaciones, de lepra repugnante que a los astros hace temblar.
Sí, porque basta darse un paseo por muchas de nuestras calles (en especial de los barrios del extrarradio de las grandes ciudades) para contemplar la cara oculta de la sociedad española expuesta a la luz, delineada por tanta miseria humana, por tanto despropósito, por tanta chabacanería, por una cutrez insoportable, ribeteada de efluvios satanizados, que convierten a las personas en arlequines del Tártaro: el mundo del “tattoo you”, de la carnestolenda sin pudor, de las barrigas michelinizadas, de las camisetas completamente estúpidas, de los pelos imposibles, de multitudes incontables sometidas a unas modas que ponen al descubierto la cara que ocultaban por pudor hasta hace no mucho tiempo.
Sin embargo, este mundo comparable a los bares de “La guerra de las Galaxias” ya no es la cara oculta de nada, ya que todo está expuesto, a cara descubierta: la cara oculta es ahora lo que antes fue nuestro verdadero rostro, nuestra verdadera identidad, la españolía de siempre.
Sí, todo esto era la cara oculta de la Transición, de la democracia: ruina, caos, corrupción, tiranía, fealdad… lepra, lepra, lepra… Íbamos a cubrirnos de gloria, pero nos hemos cubierto de ridículo, de basura, de escombros, de muerte.
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