Sánchez está grogui
El todavía presidente del Gobierno Pedro Sánchez se niega a adelantar las elecciones como le reclaman la oposición y algunos de los suyos. Y lo hace el mismo día que la UCO de la Guardia Civil registra la sede del PSOE e imputa a Santos Cerdán y a la gerente del partido y cuando aún resuenan los truenos de la imputación de Zapatero por organización criminal y corrupción. El inquilino de la Moncloa está grogui y no lo sabe.
Los argumentos que da para no adelantar las elecciones son peregrinos. Dice que la Constitución estipula que el mandato es de cuatro años, pero olvida que esa misma Constitución le obliga a presentar los Presupuestos Generales y lleva tres años sin hacerlo. ¡Qué hipocresía! La otra excusa que alega es que España necesita estabilidad y no caer en la parálisis. Y lo dice el máximo responsable de que España esté atravesando uno de los momentos más críticos por los gravísimos casos de corrupción en los que están envueltos el Gobierno y el PSOE, sin contar la parálisis en que se encuentra él mismo por la falta de apoyos parlamentarios. El último argumento que esgrime es que sólo convocará las elecciones por el interés general de los ciudadanos.
¿Qué más necesita Sánchez para adelantar las elecciones y llamar a las urnas? Vive tan fuera de la realidad que no ve que una amplia mayoría de los ciudadanos están hartos de tanta corrupción. Sin embargo, él se siente respaldado por sus socios, unos socios que ponen cara de asquito porque los casos apestan, pero no dan el paso de decir hasta aquí hemos llegado. Unos porque es la única manera de seguir en el poder, pero qué defiende el PNV, ese mismo partido que no dudó en echar a Rajoy. ¿Cuántas líneas rojas hay que cruzar para que ERC o Junts digan basta? Con su actitud, esos socios son responsables de la corrupción que asola las instituciones. Pueden pararlo, pero no lo hacen.
Si de verdad Sánchez busca el interés general, que convoque ya las elecciones para que los españoles puedan expresar su voluntad sobre lo que está ocurriendo, que es que hay 11 sumarios judiciales abiertos sobre la corrupción del Gobierno, del PSOE y de los familiares más próximos del propio Sánchez. Un panorama que coloca a España en el centro de las miradas incrédulas de los países de nuestro entorno. Cualquier político de esos países no hubiera dudado en dimitir desde que estallara el primero de los escándalos. Pero Sánchez no es un demócrata, ni mira por el interés general. Es un corrupto -de momento sólo moral- que ampara a un expresidente investigado por los más nauseabundos casos de corrupción y que si no adelanta las elecciones es porque sabe que las perdería y con ello el colchón judicial que le ofrece la Moncloa para no seguir los pasos de Ábalos, Cerdán y Zapatero.
Los argumentos que da para no adelantar las elecciones son peregrinos. Dice que la Constitución estipula que el mandato es de cuatro años, pero olvida que esa misma Constitución le obliga a presentar los Presupuestos Generales y lleva tres años sin hacerlo. ¡Qué hipocresía! La otra excusa que alega es que España necesita estabilidad y no caer en la parálisis. Y lo dice el máximo responsable de que España esté atravesando uno de los momentos más críticos por los gravísimos casos de corrupción en los que están envueltos el Gobierno y el PSOE, sin contar la parálisis en que se encuentra él mismo por la falta de apoyos parlamentarios. El último argumento que esgrime es que sólo convocará las elecciones por el interés general de los ciudadanos.


























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