Sánchez, abanderado del 'No a la guerra'
Pedro Sánchez presume de ser un 'resiliente', es decir un personaje que aguanta firme ante las adversidades. Parece que los hechos respaldan esa estrategia. Inmerso hasta las cejas en el cenagal de la corrupción, un acontecimiento internacional como la guerra en Irán ha venido a darle aire al recuperar el populista eslogan de 'No a la guerra' para quedar como el héroe capaz de enfrentarse él solo al repudiado Donald Trump.
A Sánchez, la guerra de Irán le queda lejos y le importa menos, pero se ha aferrado a ella como náufrago a un salvavidas. Ha visto la gran oportunidad de olvidar por unos días las andanzas de sus próximos en los tribunales anticorrupción para presentarse además como el abanderado del pacifismo. No ha tardado en recordar la guerra de Irak de comienzos de siglo, y en volver a apuntar como responsables al trío de las Azores, en referencia a Bush, Blair y Aznar, a quienes ha vuelto a acusar de crear "un mundo más inseguro y una vida peor".
Con el ataque conjunto de EEUU e Israel contra el régimen feudal de los ayatolás Sánchez se desmarca una vez más de la estrategia de Trump. Se presenta como el pacifista capaz de plantar cara al belicista mandatario estadounidense. Ya lo hizo en el conflicto de Gaza, donde se ganó el aplauso de los terroristas de Hamas y Hezbolá, como aquí le apoyan los herederos de ETA. Con esta postura, lo que hace el presidente del Gobierno es aislar a España y convertirla en un actor excéntrico y poco fiable. Luego se sorprende el ministro Albares de que el canciller alemán, Friederich Merz, no saliera en defensa de España ante las críticas del Trump por la actitud del Gobierno español de oponerse a que EEUU utilice las bases en su ataque a Irán.
El problema de fondo -que Irán pretenda desarrollar el arma nuclear- le importa poco a Sánchez. Si se tiene que desmarcar de la posición de la Unión Europea lo hace sin inmutarse. Prefiere la equidistancia porque tampoco puede defender a los ayatolás, un régimen totalitario, asesino y enemigo de la mujer, lo que le haría perder los restos de esa imagen feminista que le queda a él y al PSOE tras los casos de abuso y acoso sexual ahora conocidos.
Una vez más, Sánchez actúa siguiendo el manual de la propaganda. Igual que gobierna a golpe de eslogan, ahora se trata de presentarse ante el mundo como el paladín de la paz, frente al poderoso presidente de EEUU, y al margen de sus socios europeos. Sabe que cuenta con el respaldo incondicional de la ultraizquierda anti-OTAN -que no tardará en tomar las calles con sus lemas antinorteamericanos- y con el silencio de una derecha descolocada. El inquilino de La Moncloa respira y gana tiempo aferrado a su bandera de 'No a la guerra'.
A Sánchez, la guerra de Irán le queda lejos y le importa menos, pero se ha aferrado a ella como náufrago a un salvavidas. Ha visto la gran oportunidad de olvidar por unos días las andanzas de sus próximos en los tribunales anticorrupción para presentarse además como el abanderado del pacifismo. No ha tardado en recordar la guerra de Irak de comienzos de siglo, y en volver a apuntar como responsables al trío de las Azores, en referencia a Bush, Blair y Aznar, a quienes ha vuelto a acusar de crear "un mundo más inseguro y una vida peor".

























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