El pilón, inaugurado en octubre de 1931, se levantó con donaciones de los propios vecinos en uno de los extremos del pueblo y destacaba por tener agua corriente, una innovación para la época, puesto que la mayoría de los hogares no contaban con ella en aquella época. Entonces, el agua llegaba a las casas de Hortaleza gracias a las fuentes públicas y las mujeres acudían a los precarios lavaderos en arroyos como el de Rejas para poder lavar la ropa a mano.
En el nuevo lavadero, el agua llenaba las tres pilas que componen el conjunto: la de lavar, la de aclarar y una tercera, destinada a ropa de infecciosos. En un Madrid golpeado por la tuberculosis, el tifus y las grandes epidemias, aquella pila era una medida de salud pública adelantada a su tiempo.
La construcción todavía puede divisarse en la calle Mar de Kara, al final de una empinada cuesta. Tal y como recuerda una vecina a Europa Press, era habitual recurrir a animales para poder transportar sábanas, mantas y kilos de ropa completamente empapada, aunque no siempre había esa suerte.
El recinto, cubierto desde su origen en la II República, llegó a contar con una letrina e incluso con una estufa para mitigar el frío. Aun así, las mujeres lavaban en su pila favorita con el agua helada, dando como resultado la aparición de los molestos sabañones.
La historia de Hortaleza está íntimamente ligada al agua y al lavado de ropa. Desde al menos el siglo XVII, las mujeres del pueblo lavaban la ropa blanca de familias acomodadas de Madrid. Además, la cercanía con la Villa y la abundancia de arroyos convirtieron el lugar en enclave habitual para estancias de verano de familias acomodadas, aristócratas y altos cargos, tal y como destaca el exdirector de la biblioteca pública Huerta de la Salud, Juan Jiménez.
Frente al lavadero, explica, se extendía un prado donde se tendía la ropa al sol y donde los niños jugaban mientras sus madres charlaban, compartían penas y también confidencias. La historia del lavadero es inseparable de la memoria de las mujeres ya que, para muchas, era el único espacio de desahogo en una vida marcada por la desigualdad en la España de posguerra, en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad.
El lavadero siguió funcionando durante décadas hasta que fue decayendo a finales de los años setenta, con la llegada de la lavadora, uno de los grandes inventos del siglo XX. Al final, solo se utilizaba para las piezas más grandes: mantas, cortinas y ropa imposible de meter en un tambor doméstico. El pilón cerró definitivamente sus puertas en el inicio de los años 80, quedando en el olvido de la mente colectiva durante algo más de 30 años.
REDESCUBIERTO POR EL VECINDARIO
Su redescubrimiento llegaría en el año 2016, en el marco de unas jornadas de historia local organizadas por Juan Jiménez, entonces director de la biblioteca pública Huerta de la Salud.
Fue entonces cuando vecinos del barrio, de otros puntos de Madrid e incluso especialistas en lavaderos históricos comenzaron a interesarse por un espacio que muchos desconocían su existencia. Desde entonces, el lavadero se convirtió en símbolo de un patrimonio humilde pero único: no hay otro igual en la ciudad de Madrid.
En noviembre de 2025, el Pleno de la Junta Municipal de Hortaleza aprobó por unanimidad una proposición para rehabilitar y mantener el antiguo lavadero. La iniciativa, respaldada por todos los grupos políticos, reconoce su valor histórico, social y simbólico, especialmente ligado a la historia de las mujeres.
El acuerdo ha despertado ilusión en el vecindario, aunque de momento su rehabilitación se encuentra en una lista de pendientes. Mientras tanto, el lavadero sigue ahí, con sus pilas de piedra por las que no ha pasado el tiempo, testigo de un Madrid que lavaba toda la ropa a mano.
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