Sábado, 24 de Enero de 2026

Actualizada Sábado, 24 de Enero de 2026 a las 20:45:57 horas

EMILIO SUÑÉ
Sábado, 24 de Enero de 2026

La democracia liberal: única democracia posible

El mundo de hoy, camina hacia una tiranía globalista, porque el poder ha convertido la Democracia en un ritual electoral truculento, en una forma de poder que ha olvidado su fundamento, la libertad, lo único que le da aceptabilidad ciudadana, o legitimidad. Para recuperarla, hay que volver al contrato social de John Locke, que responde a la pregunta de para qué quieren los individuos, naturalmente libres, constituirse en Estado y sociedad.


Muy sencillo, porque en el estado de naturaleza -sin instituciones-, aunque todos tenemos derechos humanos naturales, no los podemos defender por nosotros mismos, ya que el Derecho sólo puede garantizarse con la fuerza; y sin instituciones sociales, el Derecho se confunde con la ley del más fuerte: “homo homini lupus”. Hobbes, que tiene el copyright de la frase, obsesionado por la seguridad, lo quiso resolver con el poder absoluto del Estado-Leviathan; pero Locke, amante de la libertad, propuso salir del estado de naturaleza, con una Ley que sirva a los derechos de todos, opuesta a la ley de los fuertes. Para ello es necesario que los humanos, libres e iguales por naturaleza, cedan el mínimo de sus libertades naturales, o bienes de la personalidad, a fin de que el poder establecido garantice eficazmente los derechos y libertades que les quedan, que son los derechos civiles. Por eso es necesaria la Democracia y su otra cara, el contrato social: “siendo los hombres libres, iguales e independientes por naturaleza, ninguno de ellos puede ser sometido al poder político de otros sin que medie su propio consentimiento”.
 
De ahí que Locke estableciera una malla institucional, basada en la legalidad o “Rule of Law”. Dice: “En primer lugar se necesita una Ley establecida, aceptada, conocida y firme que sirva por común consenso de norma de lo justo y de lo injusto, y de medida común para que puedan resolverse por ella todas las disputas que surjan entre los hombres”. La Legalidad no puede funcionar sin división de poderes: “quien tiene en sus manos el poder legislativo (…) hállase en la obligación de gobernar mediante Leyes fijas y establecidas, promulgadas y conocidas por el pueblo; no debe hacerlo por decretos extemporáneos. Es preciso que establezca jueces rectos e imparciales encargados de resolver los litigios mediante aquellas Leyes. Por último empleará la fuerza de la comunidad dentro de la misma únicamente para hacerlas ejecutar”. En otras palabras, las instituciones y señaladamente el Estado, sólo tienen sentido, si el poder que se les ha cedido, a costa de la renuncia a libertades naturales, es el estrictamente necesario para garantizar eficazmente los derechos y libertades que nos quedan, que son los derechos civiles. Si con cualesquiera pretextos, el Estado acumula más poder del necesario para ello, por más que lo disfrace de igualdad, sólo busca esa concentración indebida de poder, llamada tiranía.
 
A la tiranía la define como “ejercicio del poder al margen del Derecho”. De ella dice, además: “Constituye un error pensar que este es un vicio exclusivo de las monarquías. Las demás formas de gobierno pueden caer en él lo mismo que aquéllas. Siempre que el poder, que se ha puesto en manos de una o varias personas para el gobierno del pueblo y para la salvaguardia de sus bienes, se aplica a otros fines, o se hace uso del mismo para empobrecer, acosar o someter a las gentes a los mandatos arbitrarios e irregulares de quienes lo detentan, se convierte inmediatamente en tiranía, sin importar que este poder esté en manos de uno o de muchos”. ¿No os recuerda a nadie todo esto? Sánchez no quiere reflejarse en el espejo de Locke, obvio; pero tampoco pueden nombrarse legítimamente conservadores quienes desprecian su ya clásico Magisterio. Mucho menos son liberales, los llamados neoliberales, partidarios de la absoluta desregulación, ya que según Locke, no cabe libertad fuera del Derecho, pues cuando desaparece el Derecho, volvemos al estado de naturaleza y su ley del más fuerte. No cabe creer en la libertad sin creer en el Derecho. Y el Derecho es regulación, ponderada y no viciosa, pero sí regulación.
 
 
Emilio Suñé es catedrático de Filosofía del Derecho y Derecho Informático de la Universidad Complutense de Madrid.
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