Es más: se lamenta de que no fue muy amablemente tratado por el funcionario correspondiente cuando llamó para saber si sería finalmente invitado. "No caben todos", parece que le soltó.
-Es que los tiempos han cambiado mucho desde 1986, cuando el juramento del hoy Felipe VI- le dijo.
-Claro, pero es como si se estuviese prescindiendo de nosotros, los que tenemos más de sesenta y cinco, olvidando todo lo que hemos hecho y todavía hacemos- responde, desconsolado. Cierto que mi amigo tiene muchos méritos acumulados en favor de la nación, pero ¿quién los recuerda?
Esta conversación me trajo a la cabeza una reflexión que supongo que todos, con el paso del tiempo, nos hemos hecho: la implacabilidad del cambio y del relevo. Lo que ocurre es que nunca como ahora se ha vivido una transformación en la sociedad del calibre de la actual. Y me parece que la llegada de una mujer, Leonor de Borbón, a la primera fila de la sucesión en la Jefatura del Estado evidencia perfectamente algo que me duele reconocer: que ha desaparecido una época, la que creíamos dorada del 'espíritu del 78', para dar paso a otra, vertiginosa, en la que me temo que la Constitución no está ya en el primer plano, sino en otro en el que, quizá por nuestra pereza o cobardía en reformarla, la ley de leyes es demasiado 'interpretable'.
Sí, generaciones enteras de servidores públicos o de representantes por varios motivos de la sociedad civil no van a ser, obviamente, invitadas al Palacio de Oriente cuando antes sí lo eran. No caben todos, como le dijo a mi amigo el funcionario implacable con el que contactó en La Zarzuela. Y es cierto. Lo peor es que quienes sustentaron una forma más o menos consensuada de hacer política han desaparecido de la primera línea y ahora hay otros, a los que no conocemos bien, en su lugar. No hay más que ver a todos esos insignes socialistas de los tiempos de Felipe González y de Zapatero, en privado tan disconformes con la política que está haciendo su sucesor Sánchez, pero silentes y acatadores -supongo- en público, para darse cuenta de que 'esto' ya nada tiene que ver con 'aquello', y si no te gusta, ajo y agua.
¿Fraga?¿Carrillo?¿Arzalluz? Están en el ilustre panteón de los olvidados por las nuevas, y no tan nuevas, generaciones, que bastante tienen con acomodarse a este loco paso de los acontecimientos, cada día más imprevisibles. Y quienes quedan, Felipe González, Miquel Roca, Miguel Herrero de Miñón, el propio emérito -aunque no haya que mezclar, desde luego, unos casos con otros- se resignan a un cierto ostracismo. Lo digo viendo una fotografía de ayer, de Felipe VI junto a Isidro Fainé y Antonio Garrigues Walker, que tanto representaron hace no demasiado tiempo y a los que hoy casi sorprende verlos allí, en primera fila en una convención empresarial presidida por el jefe del Estado.
Asistiré en el Congreso de los Diputados -tampoco he sido invitado, ni tendría por qué serlo, a la recepción en palacio- a la jura de Leonor. Sabiendo que se da un paso irreversible, que tal vez la joven heredera aún no acierte a comprender cabalmente, aunque estoy seguro de que sus padres sí, hacia una modernidad que políticamente resulta algo 'líquida' y difícil de explicar, que tecnológicamente se ha disparado y que socialmente tendrá consecuencias imprevisibles.
Sí, porque nosotros, los mayores de sesenta y cinco, seremos el treinta por ciento de la totalidad de los habitantes de España dentro de ni siquiera una década. Y para entonces nada será reconocible, muy poco estará anclado al presente que ahora conocemos. Y, sin embargo, es posible que Leonor -la 'princesa más bella de Europa', titulaba, pelota, una revista del corazón- aún ni siquiera se haya incorporado a su reinado, porque, para entonces, su padre apenas se habrá unido a esa legión de sexagenarios que aún tienen mucho que hacer, afortunadamente en el caso de Felipe VI, aunque los otros no sean invitados a palacio.
Y peor: acaso los sucesores de quienes hoy, aunque invitados por su cargo y representación, se niegan a asistir a estos 'fastos', seguirán despectivamente ausentes, como si los tiempos, arrollándonos, no estuviesen mudando a toda marcha. Como si, parodiando a Don Hilarión en 'La Verbena de la Paloma', estrenada en 1894, hoy las ciencias no estuviesen adelantando que es una barbaridad. Y nos provocan, claro está, muchas sorpresas.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.84