Siempre suele ganar el que tiene más hambre de victoria o el que juega con más fe. Y esta vez los más creyentes, o los que tenían más ganas de comer, han sido los argentinos que no solo han jugado los once de la cancha, sino que también han contado con la inestimable ayuda de la grada. Y del elíseo.
La final ha sido de infarto. Y va a pasar a la historia de este deporte porque ha tenido todos los ingredientes que posee la magia del fútbol para hacer vibrar tanto al aficionado como al que no lo quiere ser. Ráfagas de juego vistoso, goles, vaivenes en el dominio del balón, devaneos tácticos, prórroga… Hasta se ha sumado esta vez a ‘la fiesta del gol’ la suerte de los ‘penales’. Y eso ya es añadir demasiado condimento para cualquier tipo de corazón, incluso para aquel que le quede lejos una hinchada.
Así que gracias a todo este histerismo, difícil de aguantar para una patata, el éxito deportivo finalmente se ha consumado. Otra cosa bien distinta va a ser el recuerdo social y político que va a dejar esta competición. Y no es ‘peccata minuta’. Sobre todo en lo que respecta al hecho de los sustanciosos sobornos cataríes para que algunas autoridades europeas se posicionaran a favor del Mundial. Tampoco van a quedar en saco roto las innumerables vidas que se ha llevado por delante la construcción de los estadios. Y mucho menos va a caer en el olvido la deplorable violación de los Derechos Humanos y el sospechoso silencio que guarda la FIFA de Infantino ante la condena a muerte del futbolista Amir Nazr-Azadani. Un jugador iraní que va a ser castigado por manifestar su repulsa al régimen de su país y por ‘odio contra Dios', lo que llaman ‘moharebeh', el delito más grave que existe en el imperio del salvajismo.
Pero vamos a quedar atentos a todo esto. No vaya a ser que al ‘dios del fútbol’, al pibe Maradona, le dé por hacer algo desde arriba para salvar la vida del muchacho Amir. Y, de paso, pueda también ayudar a sanar los males políticos que vive el fútbol moderno. Me da la impresión de que podríamos darnos por satisfechos si esa ayuda fuera la mitad de lo que ha hecho hoy el Diego desde arriba para que Argentina estampe en su remera una nueva estrella. La de Messi, la tercera.
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