Algunas ciudades españolas, cada año más, rivalizan por estas fechas en ver quién la tiene más larga, pero no en dotaciones sociales, en limpieza y seguridad de las calles, en centros sanitarios debidamente atendidos, en guarderías infantiles, en residencias de ancianos, en la salvaguarda del silencio nocturno para el buen descanso de los que trabajan, en el mimo de los cascos antiguos o en la protección integral de sus vecinos más vulnerables, sino en la estupidez de gastar dinerales en contaminar lumínicamente las noches.
Esas noches empercudidas de luminarias chillonas, acompañadas de músicas estridentes, devienen en una especie de tómbolas al más puro estilo de las muñecas chochonas y el perrito piloto. Los ayuntamientos, casi siempre al servicio del mal gusto y a menudo de los intereses comerciales, han tirado este año, precisamente este año, la casa por la ventana con esto de las luces navideñas, y toda esa electricidad loca e innecesaria se pierde por las alcantarillas de la noche, noche tras noche durante casi dos meses, sin proporcionar ni un adarme de alegría ni de ensoñación verdaderas.
La luz que aquí parece sobrar, pese a su precio desorbitado, se corresponde exactamente con la que a la martirizada Ucrania le falta. Seguramente no sería posible trasladar allí toda esa luz inútil y transformarla en combustible para las cocinas, las calefacciones, las cámaras de conservación de medicinas y alimentos o las maternidades de la Ucrania helada y a oscuras, pero sí sería posible exhibir en esta parte de Europa un poco de decoro moral y de respeto solidario.
Tantas guirnaldas "leds", tanta tómbola chabacana, tanta luz, no sugieren sino una desoladora falta de luces.
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