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DAVID LAVILLA
Lunes, 07 de Noviembre de 2022

Perder la cabeza

No se puede pedir respeto cuando antes lo has faltado tú. Es una máxima que debe conocer cualquier jefe de una tribu que tenga un poco de cabeza. Y Pablo Iglesias también.

 
No es nada nuevo aquella máxima de que “a rey muerto, rey puesto”, y el fundador de Podemos debería haberlo tenido en cuenta. Al menos desde que se marchó del Gobierno. Pero ya no se acuerda de todas esas lecciones de avaricia y narcisismo que ha compartido con Sánchez.
 
Por eso, probablemente diga ahora Iglesias eso de que Yolanda está cometiendo una estupidez por querer fragmentar a la izquierda, cuando esta guerra realmente la empezó él. Porque conviene no olvidar que Pablo ha sido el primero en desestabilizar el progresismo en España. Y lo hizo justamente en el momento en el que decidió presentarse a las primeras elecciones. 
 
Hasta no hace mucho el Partido Socialista ha estado representando a la izquierda española de manera intermitente. Unas veces gobernaba, y otras no. Pero sí que ostentaba la posibilidad de dar el protagonismo uniforme que requiere cualquier ideología que se precie a la alternancia y a la libertad que ofrecen las reglas del juego democrático. Lo que ocurre es que a veces la ambición de los personalismos en esto del politiqueo se paga cara y los egos, si se administran mal, en vez de traer derrotas pueden producir hecatombes.
 
Lo hemos visto claramente en esta legislatura con Pedro Sánchez, que parece que gobierna un califato en vez de una democracia. Y también lo hemos comprobado con el propio Pablo Iglesias hasta que Isabel y Cayetana se encargaran de darle la gran patada política y le desterraran al limbo mediático para penar por los males cometidos en esta sociedad española hasta ahora democrática. Unos males que van desde vender Podemos al PSOE a cambio de una vicepresidencia y un ministerio para Irene, hasta hacer quedar mal a su propio padre con esa penosa historia de los FRAP. Por eso él no es quien para dar lecciones de moral, personal o familiar, a Yolanda Díaz cuando su objetivo político siempre ha tenido como fin alimentar su descomunal egolatría. 
 
Pero de la misma forma en que los imperios caen, ¿cómo no van a morder el polvo en ellos las personas? Lo malo es que lo saben, pero con el lío de haber quién mata a quién se pierden en la vanagloria. 
 
Suelen decir en las tribus que lo único que tienen claro los jefes es que al final terminan perdiendo la cabeza. O en el mejor de los casos el pelo. Como Pablo.
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