Rayos, viento, calor extremo, sequía, maleza. Y la mano criminal del humano que arrima la tea. Y desidia de las administraciones. Y dos hombres abrasados. Y el cielo de media España enrojecido, el de la que aún conservaba su tesoro vegetal, y miles y miles de nidos quemados, y el hogar y el sustento de los animales libres reducido a cenizas. Frondas milenarias, huertas, colmenas, casas, paisajes sublimes, establos, todo eso y más habitaba las 20.000 hectáreas calcinadas, y ya no habita.
Se sabe que en medio de una salvaje ola de calor, no hay incendio forestal que pueda ser vencido. Que el agua que arrojan los medios aéreos sobre las arboledas en llamas se evapora antes de llegar a su destino, y que los bomberos y los agentes forestales se juegan la vida inútilmente en la descomunal hoguera. Eso se sabe, pero también que el abandono de los montes, la nula labor de desrastrojamiento durante el invierno, ofrece al calor, al rayo, a la sequía, a la imprudencia, a la mano criminal y al viento que enloquece y cambia de dirección en un instante, el más potente y determinante aliado.
También se sabe que la responsabilidad del cuidado de los bosques y de los dispositivos contra los incendios está transferida a las comunidades autónomas, pero cuando se desata un apocalipsis general de fuego como el que ahora se sufre, sólo podría afrontarse como una emergencia nacional y, en consecuencia, desde un Estado Mayor unificado. ¿No se invoca a la mínima la integridad territorial de la nación? ¿Puede existir algo que la comprometa y la fracture más?
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