Tiene su lógica, ya digo, si tenemos en cuenta que dejamos atrás dos años terribles, uno malo y el otro nefasto. El covid 19 acabó con la vida de 109.000 personas según las cifras oficiales. Varios miles más según otros recuentos. Ese es el quebranto que no podemos olvidar y el que como reacción está activando la pulsión lúdica, la necesidad de dejar atrás tanto sufrimiento sintiendo el alivio de estar vivos. Por eso este verano está siendo escaparate de algunas exageraciones a la hora de vivir por encima de nuestras posibilidades reales.
Ajenos o sordos a los augurios que anuncian que vamos hacia un otoño con restricciones, con precios todavía más desbocados en la factura de la luz y el gas y con la espada de Damocles de la recesión amenazando los cálculos oficiales que confían en la recuperación de nuestra economía. Pero ése será el panorama que nos encontraremos en otoño y del que hablaremos con pesimismo porque con un IPC por encima del 10% es difícil dejarse reclutar por el optimismo de la vicepresidenta Nadia Calviño, pero que, de momento, no dejamos que nos arruine el día porque para eso estamos de vacaciones -quienes se las han podido permitir-. Ya digo, el personal, o una parte importante, está apurando el momento, ajenos a las tormentas que se anuncian. Carpe diem.
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