Naturalmente, para que los pobres no lleguen a la desesperación, Pedro I, El Mentiroso, ha anunciado limosnas: unos euros para el alquiler, por aquí, unos euros para que el pobre se desplace gratis en tren, por allá, e incluso unos euros para que el pobre, aunque no llegue a fin de mes, pueda comer al menos las dos primeras semanas.
Cuantos más pobres se fabrican, más limosnas hay que dar, y entonces hay que subir más los impuestos, porque no llegan para tantos limosneros. La idea es darle un pellizco a la Banca, y la Banca, que es muy discreta, no dice nada, pero cuando el vicepobre acude a pedir un préstamo, o le dicen que no, o los intereses han aumentado para que el banco recaude y le dé al Gobierno el dinero que necesita para las limosnas.
Cuando ya hay tantos pobres que no llegan las limosnas, suele llegar la revolución, y el político avispado enarbola el banderín de enganche titulado "Los pobres al Poder", y se instaura la dictadura del proletariado, donde unos pocos pobres dejan de serlo y la inmensa mayoría sigue igual, pero con la tranquilidad de que hay pobres al mando de las empresas, todas ellas nacionalizadas. No es una hipérbole. Ha pasado en Venezuela. Y en Nicaragua. Fabricar pobres siempre tiene consecuencias.
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