La cumbre pasará a la historia de la Alianza Atlántica como la ocasión en la que desde una posición firme y nada retórica -lo prueba el acuerdo para admitir el ingreso de Suecia y Finlandia - se ha enviado un mensaje de fortaleza en la defensa de la integridad del territorio de todos los países que la componen.
Antes de la invasión de Ucrania por las tropas rusas la OTAN atravesaba por un período de decadencia existencial. Donald Trump, el anterior presidente de los EE.UU., había amenazado con desentenderse del vínculo atlántico alegando que su país no podía seguir asumiendo la mayor parte del presupuesto de la Alianza. Pedía más implicación económica. A España, por ejemplo, le correspondería un 2 % del PIB (ahora apenas aportamos el 1.02 %). El grado de desapego era tal que llevó al presidente francés Emmanuel Macron a hablar de "muerte cerebral" de la OTAN.
Pero la guerra lo cambió todo. Basándose en el precedente de la ocupación de Crimea que apenas generó reacciones, Putin erró en sus cálculos al substimar las que provocaría la invasión de Ucrania.
Su error ha sido grande pues lo que hace tres meses habría parecido una quimera, hoy, tras lo acordado en la Cumbre de Madrid, la OTAN sale unida y fortalecida en sus capacidades militares tras la aceptada adhesión de Suecia y Finlandia, dos países que cuentan con ejércitos modernos y potentes. El único aspecto negativo asociado con la Cumbre -por lo que tiene de mensaje de incertidumbre- es que hemos vuelto a la Guerra Fría. Pero los hechos son tenaces. Ha sido la guerra real en Ucrania la que lo ha cambiado todo.
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