Esta mañana, asistiendo a uno de esos desayunos masivos con una ministra en un céntrico hotel donde se alojarán algunos de los 'vips' que concurrirán a la 'cumbre', he tardado un cuarto de hora en poder abrir las puertas de mi coche, allí aparcado. Los inhibidores funcionan ya a todo tren: y no es por los CDR y demás 'antisistema' que sin duda van a aprovechar la ocasión incluso para sabotear las manifestaciones antiatlantistas de Podemos, por considerarlas excesivamente poco 'radicales': es que no hace falta tener mucha imaginación para sospechar que el terrorismo yihadista (o no solo, claro, que hay muchas cosas que tener en cuenta) puede tratar de aprovechar la ocasión para dar una terrible y cruenta 'campanada'.
Aunque tendamos a olvidarnos de Ucrania -ya está dejando, ay, de ser noticia--, lo cierto es que la guerra alentada por Putin continúa. Y que la 'cumbre' de Madrid, la más importante de la OTAN desde la caída del muro de Berlín, es un aliciente para mostrarse, desde el otro lado, amenazante.
Por eso los controles de los sistemas informáticos han acentuado sus precauciones, por eso las calles madrileñas están más vigiladas que nunca. Yo, gustosamente, renuncio a la cómoda rutina habitual en favor de garantizar la seguridad y de mostrar que España es un país perfectamente capaz de organizar un acontecimiento tan señalado como éste. Aunque a una parte de mi Gobierno --¿hasta cuándo estas contradicciones?-- no le guste. No, yo estos días no protestaré porque se corte el tráfico, ni siquiera porque los inhibidores no me permitan abrir mi coche. O porque las restricciones inhiban el turismo.
Esta que nos viene es una de esas ocasiones que justifican la excepcionalidad. Y si eso le disgusta a Putin, qué quiere que le diga: mejor que mejor. Bienvenido, míster Biden.
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