Parece una minucia pero en el pequeño detalle de jugar radica gran parte de los derechos de la infancia y de la libertad de expresión del menor. Porque los niños tienen el derecho y el privilegio de poder jugar a lo que les plazca, siempre y cuando no atenten contra otras personas. Y así lo establece el artículo treinta y uno de la Convención sobre los Derechos del Niño, que reconoce el derecho al descanso y al esparcimiento del menor. Y también al juego y a otras actividades artísticas y recreativas propias de su edad.
Así que una de las mayores atrocidades que se le pueden hacer a un crío es decirle, desde el Ministerio de la Verdad, a lo que tiene que jugar. O, peor, usar sus utensilios del juego, sus propios juguetes, para tratar de persuadirles mejor. Y utilizar los medios de comunicación masivos para enviarles un recado totalitario de parte de unos adultos sin recato que juegan desde sus despachos al escalofriante juego de la manipulación.
Seguramente Alberto Garzón de pequeño jugaba libremente con sus Playmovil a manifestarse delante de la mesa camilla. Y muy probablemente no paraba de gritar alegatos repletos de sexismo antisexista, como diría Quim Monzó, hasta conseguir que le dieran lícitamente, por ejemplo, un par de galletas con chocolate. O una buena torta de anís. Y justamente de eso devenía su propia libertad, de su inalienable derecho a jugar, que puede ser casi hasta una obligación.
También es más que probable que algunos cuantos churumbeles, como Pedro, se montaran un aeropuerto en casa. Y que otras criaturas, como Irene, jugaran con su Barriguitas a vivir a todo trapo en una excelsa mansión. Y, lícitamente, esta manera de jugar a lo que quisieron en su momento les ha permitido cumplir sus ciclópeos y excelsos sueños. Un avión solemne. Un helicóptero oficial. Una ostentosa vivienda. Una piscina con tinaja.
Lo bueno -y lo malo- de los sueños es que a veces se cumplen. Por eso se fantasea tanto. Y como eso ellos ya lo saben, ahora hasta se apoderan de los juguetes. No sea que un buen día, de manera creativa, se inventen los críos un juego que les haga soñar con que nunca más les van a gobernar estúpidos populistas. Porque con los niños no se juega, Garzón.
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