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DAVID LAVILLA
Lunes, 15 de Noviembre de 2021

Living la metavida loca

Ha dicho Mark Zuckerberg que en la vida virtual uno puede hacer muchas más cosas que en el mundo físico.

Y gracias a su magnanimidad va a darnos la oportunidad de poder reunirnos con amigos y familiares. De trabajar y aprender. De jugar. De comprar. O incluso ha asegurado que va a ser capaz de que el ser humano se vea a sí mismo como quiera ser y no como sea físicamente.
 
El creador de la empresa antes conocida como Facebook ha dado un giro de tuerca a su particular paranoia y finalmente ha puesto en marcha su gran proyecto: Meta. Un lugar virtual  en el que alguien puede dejar de ser uno mismo para convertirte en todo aquello que un día soñó para bien o para mal.
 
Así que, en su universo binario, cualquier persona conectada puede ser propietaria de una casa. Regentar un negocio. Formar una familia. Tener una mascota. O, simplemente, conducir un automóvil. ¿Pero esto es algo anormal en el mundo físico?
 
Sí y no, porque todo el mundo no puede aspirar a lo que se considera básico en occidente. Pero ahora en Meta, en ese no lugar en el que cualquier cosa es posible, si alguien no es propietario de algo en la vida material, puede suceder que sí que consiga gozar de todo este bienestar mundano con infinidad de objetos digitales. No como en mundo tangible y material, donde una casa ahora cuesta una fortuna. Donde montar un negocio puede ser una quimera por culpa de los impuestos. Donde las familias tienen que subsistir hacinadas en las grandes ciudades bajo el pretexto de la falta de tiempo. Donde para poder disfrutar de la compañía de una mascota hay que hacer un curso de formación. O donde manejar un coche es propio de gente que ya está demodé. 
 
Podríamos encontrar múltiples antecedentes de querer vivir lo imaginario antes que lo presencial. Pero desde que Neil Stevenson escribiera la novela ‘Snow Crash’, donde un repartidor de pizzas también era un experto samurái en el mundo virtual, la vida ha dado un vuelco. Y ahora la ficción y la realidad van de la mano. Convergen. Y un espacio distinto se puede vivir en un mismo tiempo.
 
Pero todo esto se ha salido de madre. Y ha llegado al punto en que un ciudadano del mundo que no tenga papeles para vivir o para viajar, en su vida virtual sí podrá hacerlo. Incluso dispondrá de más identidades que James Bond. Además, aunque no le dé para llegar a fin de mes, una persona podrá ser capaz de tener tantos objetos virtuales como tenga a bien almacenar en la nube.
 
Y hasta aquí, más o menos bien. Ahora pensemos, por ejemplo, en mi vecino Agustín, que en el ciberespacio se hace llamar Flash El Gordo, experto en juegos MMORPG. Como opción personal, puede tener cientos de armas fantásticas digitales en su consola, sentarse en el sofá, alojarse en casa de sus padres, no trabajar, conectarse a Internet y pasar la tarde matando orcos. 
 
Y todo esto puede ir mucho más allá porque, en su mundo virtual, Agustín, en el nuevo portal de Mark Zuckerberg, va a poder hacer más auténticas sus quedadas con sus familiares. Aprenderá sin mascarilla. Se graduará en una universidad. Jugará. Se echará muchos más amigos en el Fortnite. Saldrá en busca de una NPC, como Baba Yaga, para que le imponga alguna misión con la que ganar más reputación online. Sumará muchos más puntos y los canjeará por criptomonedas. Vamos, que Agustín, tal y como nos dijo su madre al nacer, va a llegar muy lejos. Será un humano top del metaverso. Y continuará, pero ahora de forma mucho más real, con su living la metavida loca.
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