La política española no es hoy la que dejó Puigdemont al fugarse, dejando colgados a sus pares y a sus seguidores, sino otra en la que no caben comediantes de su estilo, o como el de Pablo Iglesias, que, cuando menos, supo calibrar cuál era el momento de esfumarse. La política española de hoy, aunque tan corta y cerril como siempre, es más cruda que entonces, pues habrá de desembocar a corto o medio plazo en un escenario incierto que comprometerá la vida de los catalanes lo mismo que la de los andaluces, los gallegos, los castellanos, los extremeños, los riojanos, los madrileños, los vascos, los levantinos, los navarros, los asturianos, los murcianos o los aragoneses, pues determinará la regresión o no de la democracia de la que todos disfrutan pese a sus taras, sus limitaciones y sus carencias.
Lo que parece querer el Puigdemont ese, ante la citada perspectiva, no es otra cosa que gobierne en España, en uno o dos años, la alternativa más proclive a la regresión democrática, la representada por un Partido Popular dependiente de Vox. Tal parece, y es, su apuesta al torpedear cualquier intención de entendimiento (dentro de la actual legalidad o de cualquier otra que necesariamente consagre la integridad territorial de España) entre la Nación y la parte de ella que demanda un especialísimo reconocimiento, más especialísimo aún del que ya tiene. Ese "cuanto peor, mejor" que Rajoy expresó a su manera dislocada, le viene de perlas al político bufo que lo mismo tontea con Rusia que con Nueva Caledonia para matar el tiempo, ignorando, el infeliz, que lo peor para España es también lo peor para Cataluña, esa tierra a la que dice amar tanto como daño le hace.
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