Y es que si alguien te trata de convencer de que no se necesita el ejército para que exista una buena convivencia global es que se cree que el mundo es de colores. O simplemente argumenta toda esa burda y zafia mentira porque esa persona vive de vender ese cuento, que es muy propio del charlatán. Y está tratando de que compres ese humo porque a él, contando milongas, le suele ir fenomenal.
A veces resulta muy bochornoso escuchar algunos alegatos de armonía, calma, concordia y amistad que los unicornios estafadores, over the rainbow, cuentan en las redes sociales. O, peor, en los mítines políticos. Pero solo son estúpidos falsos filántropos a los que se les da muy bien distorsionar la realidad. Son tontos de remate, que ni siquiera saben lo que es pasar necesidad. O, si lo saben, nos quieren trolear. Porque ese cuento de la falacia del unicornio pastelero cruzando un arcoíris se vende ahora mucho mejor que una bicicleta por Wallapop.
Porque, para que se sepa, y quede bien claro, un unicornio no solo es ese caballo blanco, o azul, que lleva un cuerno en la frente. Ese potro con flequillo almidonado que a partir de los años setenta también podía volar. No es así. No. Tampoco un verdadero unicornio es uno de tantos significados que se le pudieran dar a esa maravillosa canción de Silvio Rodriguez. Un unicornio es algo más sencillo que todo eso. Y su verdadero significado va más allá del animal que proviene del folclore europeo. O del que le quiera dar el tonto de Twitter. O del que ofrece el gilipolítico de turno.
Ciertamente la metáfora del unicornio da mucho juego y se la están apropiando, para mal, ese tipo de personas que creen que el mundo se puede colorear. Suele ser el perfil de individuo que quiere que pienses que ningún asesino pretende matar. Que la mujer tiene que ser feminista, pero si lleva burka nos tiene que dar igual. Que el varón es un asesino por su propia identidad. Y que si tal y que si cual.
Pero realmente son unos farsantes. Y viven de eso. Y es que al unicornio pastelero lo estamos viendo todos los días enredándose en Twitter o en Instagram. Junta letras, publica fotos y hace stories a mansalva. Actúa como si tratara de coleccionar sus sandeces para luego reírse de sí mismo. Con su propio falso ejemplo de civismo y de ciudadanía. Y va cacareando en contra de la buena doctrina de los actos propios. Y dice: “No comáis carne”, y se ponen a reventar de chuletones; “el aire acondicionado es malo para el medio ambiente”, y sus casas y sus despachos parecen frigoríficos en pleno verano; “los chalés son cosa de la casta”, y no paran hasta comprarse uno, pero además con dinero público; “no hay que montar tanto en avión: hay que cerrar trayectos y subir los billetes”, pero ellos no se privan de un vuelo.
Los únicos unicornios, los de verdad, los que simbolizan la pureza, el poder, la justicia y la honorabilidad yo solo los he visto últimamente en las noticias. En Afganistan. Fueron a la guerra para poder mantener la paz. Les echaron. Y ahora se están jugando la vida otra vez por los demás. Defienden la libertad. Rescatan a niños, a mujeres y a hombres de la pobreza extrema, material o espiritual. Disuaden al asesino si le entran ganas de matar. Cuidan de las fronteras. Velan por tu seguridad. Pero no son exactamente azules. Tampoco son blancos. Llevan zamarra de camuflaje. Pantalones cargo. Botas tácticas. Y es un policía. O un militar.
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