Si en estos días -que hoy son de victoria- estás intentando dar una explicación racional a tu insistente pregunta de por qué eres del Atleti, de por qué te gusta sufrir tanto, o si quieres entender de una forma lógica cuál es el verdadero motivo de que la vida te haga elegir siempre el camino más difícil, lo llevas de colores. De rojiblanco, concretamente.
Es verdad que ser del Atleti es algo muy complejo. Es la historia de una pasión. Y no siempre se entiende. Sobre todo cuando el elegido se cuestiona su propio principio. El cómo surgió todo. Y empieza el soliloquio con esa pregunta infinita, que se va repitiendo cada vez que hace sol o que simplemente llueve. ¿Bueno, y qué hago yo aquí disfrutando y sufriendo al mismo tiempo?
Lo peor que tiene ser del Atlético de Madrid no es solo eso de sufrir, es que a veces uno puede vivir muchos años sin saber que ha nacido siendo colchonero. Es como el cuento de ese náufrago que espera que el océano le traiga un mensaje que le haga saber qué le ha llevado a ese lugar sin aparentemente él quererlo. Porque ser del Atleti es algo muy parecido a la Rayuela de Cortázar. Uno anda buscando durante toda una vida el verdadero sentido de su existencia, pero un día se percata de que ya llevaba el mapa en su bolsillo.
Cuenta Fernando Torres que él se hizo del Atleti porque un día observó que un plato llevaba en el centro un escudo junto a una inscripción: “Eulalio Sanz”. El Niño le preguntó a su abuelo qué era aquello. Y, sin más, le contestó que era su nombre al lado del escudo del mejor equipo del mundo.
Lo que le convenció a Torres a ser del Atleti no fue el hecho en sí de que un plato llevara grabado un escudo y el nombre de su abuelo, sino la pasión con la que él se lo contó. Con el devenir del tiempo todos nos hemos dado cuenta de que el plato sencillamente era el mapa. La hoja de ruta que debía seguir ese crío para convertirse en atlético, y ya, de paso, ser el mejor delantero centro de la historia del fútbol español.
Algo similar les ha ocurrido a los dos goleadores que nos han regalado el sábado el decimoprimer título de liga, Ángel Correa y Luis Suárez. El Atleti les llamó un día para volvernos a hacer campeones. Ahora ya lo saben. Hace unas fechas, no.
Lo que le pasó a Angelito fue que tenía grabado un mensaje muy parecido al de Torres; pero el argentino tuvo más complicado saberlo de primeras porque lo llevaba escrito en su corazón. Y tuvieron que operarlo para leerlo. “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, dijo Pascal. Y viendo el caso de Correa esta afirmación ahora se comprende mucho mejor.
Lo de Luis Suárez ha sido un poco diferente. El uruguayo ha sido del Atleti toda la vida. Lo que pasa es que ha tardado más tiempo en darse cuenta. De hecho, tuvo que esperar a que Roland Koeman le despidiera de manera parca, simple y bastante obscena. Muy propia de ese realismo sucio del que hacía gala Bukowski.
Por lo que dijo, y por cómo lloraba el sábado sobre el césped de Pucela, pudo perfectamente haber leído el uruguayo al holandés en voz alta unos versos de ese famoso poema que dice: “(Chico, tú no sabes pelear) me dijo./ y yo me levanté y le lancé de un golpe por encima/ de una silla”. Pero como no hay mal que por bien no venga, de esta forma, gracias a Koeman, Suárez ha encontrado a su familia. A día de hoy ha sido cinco veces campeón de liga en siete años. Y si le apetece puede seguir haciendo goles en su Atleti. Y regalando más poemas.
Pero para ser colchonero no hace falta ser El Niño Torres, o Angelito Correa, o el uruguayo Luis Suárez. Aunque tampoco puede serlo cualquiera. Solo hay que tener las suficientes agallas para saber que un día quizás recibas un mensaje con el lugar donde puedes encontrar el mapa que te lleve a vivir el latido a latido con mucha más pasión. Si quieres puedes empezar por mirar bien en tus bolsillos, como en Rayuela. No obstante, si no lo ves ahora, ten paciencia. Y mientras esperas, como decía Benedetti, “no te rindas nunca porque no estás solo. Porque yo te quiero”.
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