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DAVID LAVILLA
Lunes, 01 de Febrero de 2021

La vacuna, la muchedumbre y el lobo de Rimbaud

La maldita ley de la escasez hace que el individuo se vuelva irracional. Y pasa de persona a licántropo en menos que canta un gallo. O que el lobo en devorárselo. Parecía que la muchedumbre estaba dormida, pero ha sido oler alcohol en un algodón y ha despertado el peor de los bichos. El que llevamos dentro.


Cuando los recursos escasean frente a las necesidades que se deben satisfacer es cuando al ser humano le crece más el colmillo, la garra y todo lo demás para poder devorar mejor a su víctima y saciar así su instinto más básico, el de supervivencia. Lo peor es cuando se da cuenta de que la víctima podría ser su propio “yo”.
 
El poeta Arthur Rimbaud venía a decir que cuando un hombre se observa el alma podría describirse a sí mismo como un ser violento que va expulsando todo lo que se ha tragado con codicia. E hizo estos versos: “El lobo escondido que aullaba/ escupió plumas hermosas/ de su almuerzo de aves:/ como él, yo lo tragaba”. Y así va transcurriendo el tiempo y continuamos devorándonos. 
 
Si hubiéramos puesto en la mesa hace ochenta y cinco años la misma cena que hoy una familia media se “echa al coleto”, les hubiera durado apenas diez minutos. Y sucedería por dos cuestiones fundamentales: el hambre y la escasa cantidad de alimentos que se hubieran dispensado sobre el mantel. Hoy, por el contrario, seguro que sobrarían viandas por dos motivos muy genéricos: porque se hubieran decidido poner todos a régimen o porque no fuera muy de su gusto el menú.
 
Seguro que se intuye por dónde va el hilo. Sí, es más o menos lo que está pensando: parece que estamos en plena guerra del treinta y seis pero los cuchillos se han transformado en jeringuillas, y los alimentos, en vacunas. En la sociedad de consumo actual, la ‘muchedumbre solitaria’, como diría David Riesman, ya no es que solo anhele un pinchazo, sino que sería capaz de morir por él. 
 
El bueno de Riesman es verdad que podría decir quizá eso de que ahora ya no somos ni ricos ni pobres. Que tampoco somos ni libres ni esclavos. Que no estamos inmersos en una felicidad plena, ni en una tristeza desbordante. Y nos haría ver que vamos caminando por la vida como una masa atolondrada. Que deambulamos. 
 
Pero ciertamente seguro que cambiaría un poco su visión del humano al observar esta pandemia. Porque el vecino que antes, muy a menudo, parecía un ser neutro, pero aparentemente solidario, ahora que está a la espera de que le pinchen el aguijón se está transformando nuevamente en el lobo de Hobbes. 
 
Porque la vacunación está dejando ver al ser humano tal y como realmente es. Mientras hay mucho, dialogamos como buena gente. Pero cuando hay poco, aullamos. Y poco importa la condición social, tampoco el poder adquisitivo. Y es que uno se corrompe en la medida en la que puede. O es capaz. 
 
Porque la vacuna está poniendo al individuo en su lugar. Los que comercializan la pócima dicen que “tranquilos que hay para todos”, pero luego se la venden al mejor postor y no al más necesitado. Los que deciden a quién administrar el ungüento entre la masa se saltan la fila del pinchazo. Los que lo van a inyectar, si pueden se meten entre ellos el puyazo. Y a los pocos que finalmente se les administra legalmente la poción, luego lo van fardando en su Tik Tok.
 
No obstante, pensándolo bien, sí que algo de razón podría tener el bueno de Riesman. Porque la muchedumbre, la masa, mientras espera la fila del pinchazo no dice nada. No hace nada. No protesta, solo se lamenta mientras ve la televisión. No escribe, retuitea. No se revela, por el contrario se congratula de haber votado a su propio opresor. Y les da igual si lleva tirantes o coletas. Porque los que que esperan en la fila a la inyección, siempre quieren más de lo mismo. No innovan, se mantienen. No buscan nuevos caminos porque realmente quieren que todo siga igual. Y lo hace por eso, porque desgraciadamente es una fiera entre la muchedumbre. Como el lobo de Rimbaud.
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