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ANTONIO P. HENARES
Martes, 15 de Diciembre de 2020

La rebelión de los escritores

La sucesión, sin tregua ni respiro, de dislates, pisotones y destrozos cada vez de mayor envergadura y calado, cada vez afectando más y ya llegando al hueso mismo de los cimientos, parece tener un efecto anestésico en la respuesta. Como si cada herida o cada golpe fuera tapada por otra aún más hiriente y otro mucho mayor. Dicen que eso funciona, que hace que se olvide el anterior y el de hoy se olvidará mañana porque pasado ya estaremos palpándonos el siguiente chichón.


Es la teoría dominante y dicen que efectiva. Que la masa global de la población parece como si no le afectaran que además como ya tiene bastante con el virus y el trastazo económico, lo demás, las escandaleras políticas y otros asuntos que no son estrictamente ni de sobrevivir ni de comer pues como que quedan en nada. Que se puede mentir, sacudirle cada día un bocado y dos zarpazos a la Constitución e imponer como "normal" lo que es una anormalidad delirante o incluso una aberración. Vamos a hacerte pasar lo negro por lo blanco y si te atreves a decir que no, pues señalarte como un ser poco menos que exterminable y antisocial.
 
Pero yo empiezo a barruntar, y no estoy hablando de política, que algo empieza a germinar por debajo de la superficie. Que el común de las gentes van poco a poco colmando paciencias y que las heridas superpuestas no vienen en doler menos, sino de manera más continua y pertinaz. Y que se acaban por infectar.
 
Me ha sorprendido y gratamente, pues no voy a ocultar el haber sido uno de sus promotores, la reacción de un sector que, aunque pudiera parecer lo contrario, no es nada dado a ser levantisco. Me refiero a los escritores, gremio al que pertenezco, y donde lo habitual es que una buena parte esté en sus creaciones y no desea meterse en charcos y otra no menor, que tiene sus arrimos y encuadres y tienden a andar cada cual por su pradería sin meterse en las demás.
 
Pues resulta que algunos, un puñado, pusimos en marcha un manifiesto, sin apenas más que unas cuantas direcciones y números y el efecto boca a oreja, resultó que la gente más diversa comenzó a sumarse y a nada hubo que decidir que era mejor hacerlo público y que se pudieran sumar a través de los medios de comunicación. 
 
Lo sorprendente de la lista, que ya supera el centenar de nombres muy bien reconocibles pues sus obras suelen estar en primera fila en escaparates y mesas de las librerías, es que no son de los "habituales" firmantes y que provienen de variopintos pelajes. Los "notables" ya superan el centenar pero hay el doble de otros, con más humilde obra publicada, que también han querido sumarse y lo siguen haciendo.
 
Hay una buena cosecha de premios Planeta y de los los más sonoros galardones, hay novelistas, ensayistas, dramaturgos y poetas, dos ex directores del Instituto Cervantes y hasta un Premio Nobel, el último de habla española, Vargas Llosa. Pero, desde luego, nadie se proclama representante de nada, ni pone etiquetas, ni permite que se las pongan.
 
No ha habido distingos ni por sensibilidades ni por tendencias, han firmado como escritores, sin más, y por una primera y única razón: en defensa de su lengua porque sienten que lo que se está atacando es un patrimonio común, amén de que dada su condición , la herida se inflige directamente a lo que es su "herramienta creativa", su instrumento fundamental de trabajo, la palabra.
 
No ha habido distingos ni por sensibilidades ni por tendencias, han firmado como escritores, sin más, y por una primera razón: en defensa de su lengua común. Porque sienten que lo que se está atacando es un patrimonio común, amén de que dada su condición , la herida se inflige directamente a lo que es su "herramienta creativa", su instrumento fundamental de trabajo, la palabra. Y por ello bien podría decirse que se han puesto en "pie de palabra", que al fin y al cabo es su "arma".
 
Lo sucedido no es algo baladí y puede tener mucho más alcance de lo que hoy pueda parecer . Porque esto es lo que se llamaba y parecía haberse olvidado, intelectualidad. La que pone por delante valores y convicciones. Me alegro desde luego de haber estado en ello y que mi firma aparezca entre las que, no dudo, seguirán aumentando. Ha merecido la pena.
 
Nadie pretende, por supuesto, arrogarse representación alguna del colectivo. Cada cual se representa exclusivamente a sí mismo. No hay etiquetas. Ni se ponen ni se permite que nos las pongan. Todo desde el respeto más absoluto y total a quienes no piensan igual. ¡Faltaría más el no tenerlo!, Aunque si se les suele faltar a quienes se consideran en la verdad absoluta y pretenden negar condición "pensante" e intelectual a quienes como en este caso, osan rebelarse contra el "pensamiento único" . O sea, el suyo.
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