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DAVID LAVILLA
Lunes, 30 de Noviembre de 2020

El Pibe Diego Maradona

Maradona nunca manchó la pelota, se la dimos ya sucia. Solo era un muchacho que quería hacer campeón del mundo a su país. Y lo consiguió. Pero le matamos. Ahora que ya se ha ido, todo son lágrimas. Las nuestras. ¿Pero hemos pensado por qué lloraba en vida El Pibe Diego Maradona?


Los seres humanos podemos llorar por muchas razones, pero la que más nos suele estremecer es la pérdida. Porque nos castiga con un llanto sin consuelo. Desgarrador. Muy profundo. Lacerante. Algo muy similar a la sensación que nos podría sobrevenir de la extracción de un órgano estando consciente. O, mucho peor, como si nos arrancaran el alma, que es todavía lo que llevamos más adentro. 
 
Se suele decir que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y ahora, cuando nos hemos quedado sin el alma del fútbol, sin el mayor talento que ha dado la pelota, sin el genio, sin El Pibe, nos hemos dado cuenta de lo que no hicimos por él. Y de las barbaridades que realmente estábamos cometiendo mientras estaba vivo. O recién fallecido. ¿Qué es lo que hemos hecho con Maradona? ¿Y qué le hemos robado a Diego?
 
El primero de nuestros pecados con El Pibe ha sido el de no respetar su yo vital, su yo auténtico, su yo profundo, como diría Ortega.  Le robamos su infancia, y le dijimos que tenía que ser un hombre a los quince años. Es verdad que le compramos un balón. Y unos botines, sí. Pero le pusimos un cheque en blanco sobre la mesa del comedor de su casa. Puede sonar muy idílico haberle dado todo ese dinero, ¿pero era necesario tanto? 
 
No lo era, no. Y justo en el momento en que firmó, le perdimos. Porque se trataba de un contrato en el que le pagábamos solo con eso, con dinero; y Diego, a cambio de él, nos tuvo que vender su alma. Algo muy parecido a lo que le sucedió a ese Fausto de Goethe, pero sin consentimiento previo. Porque solo era un crío. 
 
Tras la firma, al Pibe, le fuimos despojando de su privacidad para poder mantener intacta la de las personas que le rodeaban. Y le quitamos muchas cosas para dárselas a los que decían que eran sus amigos. Le arrebatamos incluso el derecho a equivocarse, y se lo cedimos a sus representantes. Y con cada metedura de pata, con cada fallo en boca de gol, cada vez les hacíamos más ricos. Más poderosos. Con más dominio sobre él.
 
Entre todos (ellos, nosotros y tú) le robamos todo al Pibe. Le limpiamos hasta las botas. Pero luego nos las pusimos. Y nos las quedamos. Y nos reímos con cada desacierto. Con cada fallo. Con cada error de Maradona. 
 
Uno de los pocos que realmente le entendieron fue otro hombre adelantado a su tiempo, Fontanarrosa. Ahora circula una frase suya por la Red, que publica Clarín: “Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. Esa justo es la generosidad que tienen los grandes genios, los transformadores: si no puedes hacer nada, al menos no juzgues los males ajenos. Y aprende de ellos. Y valora la felicidad que te ofrecieron. Como lo hizo Maradona cuando le marcó cuatro al Loco Gatti, por ejemplo. O cuando se mofó de los ingleses con una mano divina y dejando atrás a seis guiris en cueros. O cuando jugaba al fútbol tenis con Agüero. O cuando dio una retahila de toques a una pelota de papel de aluminio, en Sevilla, en pleno hervidero.
 
Pero solo era un pibe, El Diego. ¿Es que no se entiende? Era un muchacho como George Best, que también, como Maradona, se fue un 25 de noviembre de camino a los sesenta. O como Garrincha, que falleció con diez años menos, a los cincuenta. O lo que le seguimos haciendo a Paul Gascoigne, sometiéndole un juicio constante. Lo tuvieron todo estos cuatro, pero los demás se lo arrebatamos. El talento es lo que tiene. El que lo posee lo regala; y los que no lo tenemos, les pasamos la factura. Y se lo cobramos a precio de envidia.
 
Ojalá entendamos la lección, una más, que nos ha dado Maradona. Porque demasiados críos con posibilidades de ser genios se nos han ido en el transcurso del viaje. Otros están a punto de apearse. Y a muchos ni siquiera les hemos dejado montar en el tren porque, antes de subirse, ya les hemos matado.
 
Todos somos responsables del llanto en vida de Maradona. Y de su muerte. Y de su entierro. Fundamentalmente porque hemos sido cómplices de esta farsa que va en contra de la vida de un crío, interponiendo esa mala excusa de la búsqueda del talento. Pero esto no solo sucede en Argentina, o en Italia, o en España. El mundo entero es un devorador de genios. Solo hace falta que un fin de semana uno se dé un paseo por cualquier cancha de fútbol. Allí se puede escuchar bien alto cómo ladran los perros. Cómo zarandean los padres a sus hijos solo para poder firmar un miserable documento. Una basura de contrato que vende a unos borregos el alma de un pibe. Como le pasó al Diego.
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